—Dionisio, Dionisio, repitió Adela con énfasis, cortándole la palabra a su nodriza. Buen pájaro es Dionisio. El no te quiere, te ha olvidado. Mira lo que acaba de hacer. Don Melitón le escribe a papá que Dionisio se huyó de casa desde la víspera de Nochebuena, y no se ha sabido más de él. Dicen que tuvo una tragedia y salió mal herido.

—Lo sabía, niña, dijo María de Regla con sentimiento. Dolores estaba presente cuando Señorita leyó la carta y me lo contó todo. Mas, ¿quién tiene la culpa de eso? ¿Por qué Dionisio parece que no me quiere y que me ha olvidado? Por nuestra separación. A mi lado él no hubiera cometido esa locura. Siempre fue tierno y fiel esposo para conmigo. ¡Tan querendón...! Yo fui cariñosísima esposa para con él. Mientras vivimos juntos, mientras pudimos decir que éramos casados, no tuvimos un sí ni un no. Porque ha de ver la niña que nosotros nos casamos por amor. Nuestro casamiento se celebró con un gran baile en el mismo palacio de los señores conde de Santa Cruz en Jaruco. Se hizo venir al cura para casarnos. La señora Condesa se miraba en mí y se empeñó en que me casara... para quitarme con tiempo de los peligros... Aquí internós, niñas (agregó la enfermera con aire malicioso), aunque me esté mal el decirlo, yo, para mujer de color, cuando muchacha, era bien parecida, bonita, y la señora Condesa sospechó que le caía en gracia a mi amo el señor Conde... ¡Era tan enamorado! ¡Vaya que si lo era...! Más enamorado que Cupido... Hizo bien la señora Condesa en casarme con Dionisio. Pero ¿qué me dicen las niñas del condecito? Ese parecía que decía a su señor padre, que en paz descanse: aparta, que aquí estoy yo. No podía negar la casta. Estaba que se bebía los vientos por mí. No me dejaba ni a sol ni a sombra.

«Pero, en fin, nos casamos y fuimos los más felices esposos del mundo. Murió de repente al salir del baño mi amo, el señor Conde; hubo pleito por la herencia; se hicieron costas por castigo, y para pagarlas se sacaron a remate varios esclavos, y a mí y a Dionisio nos tocó en suerte el ser vendidos juntos. Desde ese momento se nubló nuestra felicidad. Si mi amo el señor Conde no se muere de repente, estoy persuadida que nos deja libres en su testamento, a mí y a Dionisio. Pasamos a poder de mi amo el señor don Cándido y de Señorita, yo para servir a la mano y peinarla, Dionisio para cocinero. Su merced no había nacido. Todo fue bien hasta que tuve un hijo, el cual se me murió del mal de los siete días...

«Mi amo el señor don Cándido me alquiló con el médico don Tomás Montes de Oca para criar a una niña de una persona que jamás pude averiguar quién fuese, cómo se llamaba... nada. Y aquí está, niña mía, el origen y el principio de todos nuestros males, quiero decir, míos y de Dionisio.

«Tendría yo a todo tirar veinte años y Dionisio veinticuatro cuando nos separaron. Éramos dos muchachos sin juicio ni experiencia del mundo. Por mucho que nos quisiéramos, y cuente, niña, que nos queríamos muchísimo, si no nos veíamos, si nos hallábamos muy lejos uno de otro, si parecía eterna nuestra separación, si estábamos destinados a morir, yo de enfermera en este ingenio de mis culpas, él de cocinero en La Habana; si Dionisio era joven y bien parecido, según decían las mujeres, yo joven y bonita, según decían los hombres, ¿qué querían que hiciéramos? ¿Echarnos a morir o pasarnos la vida llorando la ausencia? Preciso era ser santo, o hecho de palo, para haber sido consecuente. Supongo que Dionisio, perseguido por mujeres bonitas, no ha podido imitar al casto José. Yo, aquí donde sus mercedes me ven, hecha una vieja antes de tiempo, lidiando con enfermos y con muertos, yo, he sido solicitada por cuantos han llevado calzones en este infernal ingenio.

«El Mayoral que me recibió a mi llegada de La Habana no fue don Liborio Sánchez, sino don Anacleto Puñales. Alto él, flaco, prieto, patilludo, con una voz de campana mayor que parecía que iba a tragarse el mundo. Estaba armado de machete, puñal y cuero, y recostado contra un horcón del colgadizo de su casa, fumando un tabaco, y con el sombrero puesto. Lo rodeaban sus perros, y a la puerta se hallaba su mujer sentada en una silla de cuero. Me pareció bonita y fina para guajira. En cuanto me columbró el Mayoral, se enderezó y le brillaron los ojos como al gato cuando siente ratón. Hasta sus perros se levantaron del suelo. Yo me dejé rodar por el aparejo a bajo, temblando de pies a cabeza, porque me dio en el corazón lo que iba a pasar.—Acerqúese, mamá, me dijo; y sin más, con la punta del palo me voló el pañuelo de la cabeza. ¡Moños! ¡moños! gritó furioso. ¡Ah! ¡Perra! A ver. Sacó el puñal, me agarró las trenzas, y ¡tras! de un viaje me las cortó arrente del pellejo. Hasta aquí no parecía tan mal; pero me vio los zapatos y las medias y se puso más furioso.—¡Oiga! gritó de nuevo casi sin poder hablar. ¿Tú con zapatos? ¿Quién ha visto negra con zapatos y medias? ¿Venías a bailar, no? Yo te daré baile. Apuradamente la señora dice que tú no vienes aquí de paseo, sino para que te enderecen y aprendas a obedecer. Vamos, quítate pronto todos esos féferes. Aquí no se se necesitan zapatos para bailar. Despacha.

«¡Ay, niñas! no quisiera acordarme. Se me erizan las carnes cada vez que me acuerdo. Nadie, ninguno de mis amos me había puesto la mano encima todavía. El Mayoral me tumbó en el suelo de un galletazo, hizo que dos morenos me sujetasen por los pies y las manos y me estuvo dando cuero hasta cansarse, creo yo, porque a los pocos cuerazos me desmayé y no supe más de mí. Ni volví en mi acuerdo hasta la noche en la tarima de la enfermería, donde estuve sin poder moverme como dos semanas. Pues para que vean las niñas, ese mismo Mayoral que me había recibido tan mal, después me llevó a su casa para que sirviera de criada de mano, y me echaba unos ojitos... Se puso celosa su mujer y entonces me mandó don Anacleto de enfermera a la enfermería, habiéndose muerto la vieja que era antes que yo. Después me solicitó y me solicitó con instancia, mas yo no podía quererlo. ¡Qué quererlo, si me había desollado viva! Se me revestía el demonio cada vez que lo veía. No me le negué por lo claro, me zafé de él con diferentes pretextos, pues temía que se pusiera bravo y me diera otro bocabajo. La mujer me ayudó mucho en este caso sin saberlo. Le dio tal fraterna de celos conmigo, que el hombre, aburrido, pidió su cuenta y se colocó de Mayoral en otro ingenio.

«¡Qué lucha, niñas! Se la doy a la más pintada. Aquí quisiera haber visto a la mujer más virtuosa del mundo. Ningún hombre se ha acercado a mí sino para hablarme de amores. Lo primerito que me ha dicho es:—Tú no mereces pasar tu juventud en esta soledad, quiéreme y te liberto. Así me habló Sierra, el patrón de la goleta en que vine de La Habana; así me habló el mandadero zarrapastroso que me trajo delante del aparejo del caballo desde el muelle; así me hablaron el tejero, el maestro de azúcar, el Mayordomo, todos. Parecía que no habían visto mujer en su vida y que ninguno era casado ni tenía hijos.

«Mas, ¿qué me dicen las niñas del señor don José, el médico del ingenio? Ese también me ha enamorado y sigue enamorándome con otra música. No se rían, niñas, es la pura verdad. Ahí donde sus mercedes lo ven tan blanco, andando siempre en puntillas, creído que es un real mozo, y que todas las mujeres se mueren por él..., pues está que se le cae la baba por mí. No lo he querido nunca. ¡Es más agarrado...! Don Alejandro en puño.[52] No le dará una sed de agua ni a la paloma del Espíritu Santo. ¡Yo! Ni saber de él.

—Luego, dijo Adela enfadada, ¿tú quieres a los hombres por dinero?