—No, niñita, no me haga su merced esa injusticia. Yo no podía querer; no me salía de adentro el querer a nadie. No se quiere más que una vez en la vida. Mi corazón se había secado. Tampoco quería dinero para echar lujo, lo quería para libertarme. Resistí, resistí...; pero la juventud, el deseo de mejorar de suerte, de salir de este infierno; el diablo que pone el fuego junto a la estopa y luego sopla. ¡Qué sé yo! Lo cierto fue, niña... Se me cae la cara de vergüenza. Entre todos mis pretendientes, el carpintero vizcaíno que estaba aquí a mi llegada, creí que me cumpliría la palabra de libertarme; y en mal hora le fui infiel a Dionisio. Entonces nació Tirso, ese cuervo que todavía me ha de sacar los ojos.

Las señoras del auditorio, escandalizadas del descoco de la negra, manifestaron su desaprobación con un murmullo general y marcado. La nodriza, tirando a enmendar la falta, añadió a la carrera:

—Las niñas me han de dispensar si he dicho algo malo. Pero pónganse en mi lugar por un momento. Vamos a ver: si por una desgracia impensada, por un trastorno de la naturaleza cualquiera de las niñas que me escuchan se vuelve mujer de color, y cuando más dura le parece la esclavitud viene un individuo, sea blanco, mulato o negro, feo o bonito, y le dice: no llores más, consuélate, anímate, te compadezco, voy a libertarte. ¿Pensaría como piensa ahora de mí? ¡A que no! ¡Qué dulce no le parecería la palabra! ¡Qué buena, qué amable, qué angelical no le parecería a la persona! ¡Te voy a libertar! ¡Ay, niñas! Yo no he oído nunca esas palabras sin estremecerme, sin un regocijo interior inexplicable, como si me entraran calofríos... ¡La libertad! ¿Qué esclavo no la desea? Cada vez que la oigo pierdo el juicio, sueño con ella de día y de noche, formo castillos, me veo en La Habana rodeada de mi marido y de mis hijos, que voy a los bailes vestida de ringo rango, con manillas de oro, aretes de coral, zapatos de raso y medias de seda; todo como hacía cuando muchacha en el palacio de los señores condes de Jaruco.

«Pero, siguiendo mi cuento, niñas, lo peor de todo era que si yo me sonreía con el maestro de azúcar se ponía bravo el boyero, o el tejero, o el Mayordomo, o el médico, o el Mayoral, don Liborio Sánchez quiero decir, ése que acaba de botar Señorita por fiera con los negros, y que entró cuando salió don Anacleto Puñales. Ese era el más temible de mis enamorados. Quería que le quisieran a la fuerza, y si me negaba, allá iba el cuerazo. Por celos y piques me ha dado dos bocabajos y me ha crucificado las espaldas con el cuero. No saben sus mercedes cuánto me he alegrado de que lo botara Señorita. Tiente, niña, tiente aquí en los hombros y las paletas. Meta la mano.

La deslizó Adela, con cierto recelo, por entre la piel y las ropas de la negra y las retiró precipitadamente porque sus dedos de rosa fueron tropezando con verdugón tras verdugón, trazados en todos los sentidos, a la manera de los camellones del terreno recién arado, por la punta del látigo del celoso capataz. Entonces comprendió la joven una parte del martirio de su ama de leche. Doña Juana e Isabel se horrorizaron y vertieron más de una lágrima de simpatía por la martirizada esclava.

«Y de contra, niñas, prosiguió ella su interesante relación, don Liborio hacía que el Mayordomo le escribiera una carta al amo, donde le decía mil cosas de mí; que yo era una tal por cual; que traía revuelta la finca con mis enamoramientos; que por mí tenía que cambiar de operarios a cada rato. En efecto, botaba a los que suponía que me gustaban. También decía que apenas entraba un nuevo operario, yo me daba mi arte para vajearlo, y hacer que descuidara sus obligaciones por enamorarme. En fin, que yo sonsacaba a los hombres. ¡Yo sonsacadora! ¿Qué culpa tenía de que los blancos se enamoraran de mí? Si les correspondía, malo; si los rechazaba, peor. ¡Vaya mirando, niña, qué triste era mi situación!

«La contesta a la carta del Mayoral era siempre: Castigue a esa perra. Por supuesto, él se vengaba a su gusto de los desaires que yo le hacía. ¡Pobre de mí! ¡No tenía ni a quien quejarme! Vinieron unas Pascuas el amo y el niño Leonardo, más ninguno de los dos quiso oírme ni verme tampoco. Otra vez le dije al patrón Sierra lo que me pasaba: fue a La Habana, volvió y me contó que no pudo hablar con Señorita ni con su merced; sólo logró decir algo a Dolores.» Confirmó Adela en todos sus detalles esta última circunstancia, refiriendo brevemente la escena con su madre, descrita al final del Capítulo IX, Segunda parte.

Capítulo IX

Por sorda y ciega haber sido
Aquellos breves instantes,
La mitad diera gustosa
De sus días miserables.

El Duque de Rivas