—¿Quién era el caballero de la esquina? preguntaron a una Carmen y Adela.

—Yo no lo sé verdaderamente, niñas mías; contestó titubeante la antigua nodriza. No me atrevería a jurar que el médico dijo don Cán. Bien pudo decir en vez de don Cán, don Juan, don San u otra palabra acabada en an. Me hallaba distante, temía que me sintieran, y luego la niña continuaba llorando. Me pusieron en sospechas, lo confieso, los aspavientos de seña Chepilla, y el recuerdo del sombrero de moda que vi por el postigo de la ventana.

—¡Anjá! exclamó Carmen. Según eso, si no sabes de cierto quién fue el caballero que no acabó de nombrar Rosaín, lo sospechas. ¿Cómo crees tú que se llamaba?

—Yo no creo ninguna cosa, niña Carmita, contestó María de Regla turbada. Tampoco me atreveré a decir esta boca es mía.

—¿Qué temes? le preguntó Adela en tono blando.

—¡Ay, niña Adelita! Temo mucho, temo todo. Los negros han de mirar primero cómo hablan.

—Tu temor es vano. ¿Qué puede sucederte? Tanto tiempo hace de lo que vas a referir, que ya casi se ha olvidado. Además, el sospechar no es malo, la sospecha es natural algunas veces.

—Pero, niña, su merced parece que se olvida que lleva siempre la de perder el esclavo que sospecha de sus amos.

—¡Cómo! ¡Qué! interrumpió a la negra, Carmen, visiblemente enojada. ¿Acaso sospechas que fue papá?

—Yo no, niña de mi corazón, se apresuró a decir la antigua nodriza. Dios me libre de sospechar nada malo del amo. Me equivoqué, niña Carmita, se me trabucó la lengua. Yo no quise decir amos, yo quise decir blancos. Los esclavos no deben pensar nada malo de los blancos. ¿Entiende ahora la niña lo que quise decir?