—No, repuso Carmen con marcada seriedad. No quiero creer lo que dices ahora para disculparte y no referir lisa y llanamente lo que sucedió. Te haces la mosquita muerta cuando te conviene, y crees que sabes más que nosotras. Pero te engañas, y lo peor es que te contradices a las claras. Voy a probártelo. No te pareció malo contar que al médico don José Mateu se le caía la baba por ti, que lo mismo o poco menos le sucedió al Conde de Jaruco y a su hijo, y que la Condesa, por celos, se apresuró a casarte con Dionisio. ¿Qué más podías decir de unos caballeros blancos?
Hubo un momento de silencio, si penoso para la narradora, mucho más para Isabel, cuya viva imaginación traspasaba los límites del presente, junto con los del lugar; y, atando cabos, veía, como a través de un cristal, el cuadro nada limpio ni edificante de la familia con la cual iba a contraer lazos que no se rompen sino con la existencia. Nada preguntó, no desplegó los labios para hacer una exclamación o exhalar un suspiro; con lo que había referido la negra tuvo bastante para adivinar lo demás. En el mismo caso no se hallaban Carmen y Adela. Estas no poseían el talento, la edad ni la experiencia de su amiga, y fue natural que, lejos de asustarse, disgustarse o darse por satisfechas, sintieran mayor curiosidad y desearan averiguar hasta los más menudos incidentes de una historia que tenía todos los visos de escandalosa, si no de altamente inmoral.
—Vamos a ver, volvió a la carga Adela con su voz melosa y persuasiva expresión. Di de una vez, ¿quién te figuras que fue el caballero que viste por el postigo de la ventana?
—Voy a decirlo porque sus mercedes me lo exigen, no porque me sale de adentro. Dios me castigue si digo mentira, y no me tome en cuenta mis palabras si levanto un falso testimonio. Pero me figuré, niñas, que el caballero que vi al postigo de la ventana besando a la niña era... el amo. Se parecía mucho.
—¡Papá! exclamaron a una, ahora indignadas, Carmen y Adela. Eso no puede ser. Te engañaron tus ojos. Papá no ha tenido que ver nunca con mulatas y gente sucia.
—¡Mentira! recalcó Carmen, que no sentía ningún género de consideración por María de Regla. No fue papá. No, no, no. ¡Papá, tan serio, tan caballeroso, noble por nacimiento y por carácter, papá besar a hurtadillas, desvivirse por una muchachuela de la Cuna, una mulatica quizás! ¡Es imposible! Lo niego, lo rechazo con indignación. Si me lo juran por todos los santos del cielo no lo creo.
—Me engañé, niñas, dijo la negra compungida. Sus mercedes no deben dar crédito a mis palabras. Me engañé, vi mal. Tomé a otro caballero por el amo. Me confundía. Háganse cargo sus mercedes que yo estaba sofocada por la pelea con la loca, y de contra, que vi lo que pasaba en la ventana de la sala, por un agujerito en la puerta del aposento. No es mi culpa que yo haya guardado esa figuración tanto tiempo en el pecho. ¿Qué culpa tuve yo de que el amo me alquilara para criar la niñita? ¿qué culpa tuve yo de que el amo me llevara en su calesa a la Casa Cuna? ¿qué culpa tuve yo de que el amo me encargara el mayor silencio sobre lo que iba a ver y oír en la Cuna y en toda otra parte a donde llevarían la cría? ¿Sus mercedes no ven el misterio? Luego, ¿quién era el padre legítimo y verdadero de Cecilia? El médico Montes de Oca no era; el médico Rosaín no era; el amo no era, porque estaba casado con Señorita. ¿Quién era? Claro, el hombre que venía a menudo a ver la niñita, siempre escondiéndose de mí. ¿Por qué se escondía de la criandera de su hija y no de la ama de la casa? Yo cavilaba en esto, y luego daba la casualidad que ese hombre se parecía tanto al amo, que muchas veces me tragué que los dos eran uno. Pero sus mercedes me han sacado de la duda.
—Por supuesto, dijo Carmen, en quien la diplomacia de ama empezaba a ejercer su imperio sobre la pasión de hija. Por supuesto, tú estabas equivocada. Papá no ha tenido más arte ni parte en ese enredo que el buen deseo de sacar al médico Montes de Oca de un compromiso con un amigo suyo que necesitaba una negra para criar a una niña ilegítima. Tan claro se ve esto como la luz del día. Lo extraño es, muy extraño, agregó dirigiendo la palabra a sus amigas, que esta negra, la más despierta y resabida de las negras, no hubiese procurado averiguar quiénes eran las mujeres de la casita en el callejón de San Juan de Dios; ni cómo se llamaba el caballero que solía venir a ver la muchachita por el postigo de la ventana. He aquí la cosa más incomprensible para mí.
—¡Ah! exclamó la taimada enfermera. ¿Conque su merced cree eso? Pues mire la niña que trabajé todo el tiempo lo que fue bueno para averiguar lo más mínimo; y unas cosas supe y otras cosas no logré saberlas. ¡Vaya que si metí los dedos! ¡Vaya que si escarbaté! Más que una gallina con pollitos. Pero nada, no había modo de sacarles una palabra. Las dos mujeres, o eran muy sabichosas, o las habían alicionado gentes que sabían más que nosotras. Lo único que logré averiguar de cierto fue que la morena esqueleto se llamaba Madalena Morales y era madre de seña Chepilla, que seña Chepilla Alarcón era madre de seña Charito, y seña Charito era madre de Cecilia Valdés. Es querer decir, que Madalena, negra como yo, tuvo con un blanco a seña Chepilla, parda; que seña Chepilla tuvo con otro blanco a seña Charito Alarcón, parda clara, y que seña Charito tuvo con otro blanco a Cecilia Valdés, blanca. Ahora, ¿quién mantenía a esas mujeres? ¿quién pagaba la casa, la comida, el médico y el lujo? ¿Quién era el padre de la niña? Nunca pude averiguar lo cierto. No me valía meter los dedos con mucho disimulo. Seña Chepilla siempre estaba alerta. Porque si yo le hacía una pregunta, por inocente que fuera, de seguro que me salía con otra pregunta:—¿A dónde aprendiste esa labia?
«Una vez le pregunté a Madalena cómo se volvió loca Charito. En mala hora. No habló ni una palabra; se dimudó, se puso ceniza; resopló como un animal espantado; soltó muchos ufs y afs y salió disparada y se metió en la cocina. Otra vez le pregunté quién metió a Cecilita en la Casa Cuna. ¡Jesús! acabó de rematarse. No pudo hablar. Le pregunté otra vez: ¿cómo es la gracia del padre de Cecilita? Pareció que le pegaron candela; materialmente echó chispas por todo el cuerpo; se le pararon como culebras los moñitos de pasas en la cabeza; dijo:—¡oh! ¡ah! ¡abrió los brazos, uno para acá, otro para allá, formó dos cruces con los dedos cual si hubiera visto al diablo y me dejó con tamaña boca abierta. Le digo a las niñas que no me descuidaba.