«Lo malo es que yo, partiendo por la primera, creí que el caballero blanco, que venía casi todas las semanas a ver la niñita a escondidas mías, era el amo, y se lo dije a Dionisio en cuanto nos vimos. Por Pío supo él que el amo se apeaba a menudo en al callejón de San Juan de Dios, y que seguía luego a tomar el carruaje, o en la calle del Empedrado, o enfrente de la casa de don Joaquín Gómez, donde jugaba todas las noches al tresillo. Con estas señas, tanto hizo Dionisio hasta que dio conmigo. Seña Chepilla no me dejaba salir a la calle ni para hacer los mandados; pero yo y Dionisio nos veíamos, o de madrugada cuando él iba a la plaza, o tarde de la noche mientras todos dormían en la casa. Entonces conoció Dionisio a Cecilia y le tomó un odio... mortal, porque ella era la causante de nuestra separación. Para salir Dionisio de casa tarde de la noche, hacía que la vieja Mamerta robara la llave de la puerta de la calle, que se guardaba en el aposento de Señorita.

«Por fin, una madrugada nos pilló seña Chepilla a mí y a Dionisio conversando en la sala, y se puso tan brava que me quitó la niña y me prohibió darle de mamar. Por fortuna esto fue como a los nueve o diez meses de estarla criando, en que ya caminaba y podía mantenerse con mascaditos... A los pocos días seña Chepilla me dijo que ya no me necesitaba más y que podía irme para mi casa. Yo le contesté que no sabía las calles de La Habana y temía perderme. Admírense, niñas, al día siguiente vino Pío por mí. ¿Quién le avisó? El me dijo que el amo había mandado a buscarme. Pero, ¿cómo supo el amo que me habían botado?

«En casa me aguardaba Señorita con espada en mano. Yo, sin embargo, no temía nada, porque esperaba que me defendería el amo. ¡Qué había de defenderme! Al contrario, me pareció que se puso en contra mía y que atizó a Señorita para que me mandara al ingenio, sin hacer ninguna averiguación. Dionisio me había contado que Señorita y el amo habían tenido muchas pendencias por mi causa, por la niña que yo criaba, por haberme llevado el amo en la calesa a la Casa Cuna, porque no creía que el médico Montes de Oca me había alquilado; en fin, por otras mil cosas. Lo cierto es, que apenas entré por la puerta del zaguán, me llevó Señorita al cuarto escritorio donde estaba el amo sacando cuentas, y allí me puso en confesión. No recuerdo todo lo que me preguntó, ni lo que yo le contesté; lo que yo recuerdo bien es que le dije muchas mentiras y que me amenazó con mandarme al ingenio. El amo no dijo ni jí, ni já.

«Pero ya estaba yo embarazada de Dolores y Señorita de su merced. Ella se enfermó de estas resultas, y cuando nació su merced, como estaba delicada y yo había salido felizmente de mi cuidado, tuve que criar a su merced para que la vieja Mamerta criara a Dolores con leche de vaca y migas.

«Vean ahora, niñas, mi mala suerte. Yo, madre querendona, obligada a criar la hija de mi señora, mientras a la hija de mis entrañas, la primera que se me lograba, no podía darle de mamar, tan siquiera cogerla en mis brazos para besarla y calentarla en mi seno. Bien sabe Dios que a mí siempre me han gustado los niños; que si crié bien a Cecilia, con más veras la crié a su merced y la quise y la quiero como si la hubier aparido. Pero póngase en mi lugar, niña Adela, y considere cómo no sufriría yo cuando veía a su merced sanita, sonrosada, rolliza, limpia, con mucho birrete de punto, mucha faja bordada, mucha camisita de holán, faldellines con encajes, mediecitas de hilo y zapaticos de seda, durmiendo en cuna de caoba que la mandaron al amo de regalo desde el Norte, siempre en mis brazos o en los de Señorita, en los de la niña Antoñica, hasta en los del amo, porque su merced era muy chiqueada por todas las personas; porque su merced lloraba, o se quejaba de algo, se venía la casa abajo y eran pocos los amos, los amigos y los criados para correr por el médico, para ir a la botica y atender a la niña, hasta que se le pasaba el dolorcito y se ponía buena. La mayor parte de las veces yo tenía la culpa, según decía Señorita, del llanto de su merced, porque la había pellizcado al fajarla, porque el agua del lebrillo en que la bañé estaba muy fría o muy caliente, porque le prendí mal un alfiler y le arañaba, y por otras mil cosas. E intertanto ¿qué era de mi hija Dolores? Figúrese su merced cómo no me partiría el corazón de verla flaca, enfermiza, mocosa, sucia, casi desnuda, arrastrándose por el suelo, entre las gallinas del patio o entre las patas de los caballos en la caballeriza, o al lado del anafe de las planchadoras, o en la cocina salpicada de manteca caliente; chupando en una muñequita el pan o el arroz mojado en leche que para entretener el hambre le envolvía en un trapo sucio la mujer que la criaba. Si lloraba... ¡Jesús! En vez de consolarla, Señorita era la primera que decía:—¡Llévense esa negrita para la cocina! Me atormentan sus chillidos. Dionisio no sabía manejar niños, ni podía tampoco abandonar sus obligaciones. Mamerta, la encargada, era una solterona vieja que tampoco sabía cuidar niños, que no había tenido hijos en su vida y... no conocía el amor de madre.

«Yo me pasaba los días y las noches llorando. Me quedé en la espina. No me faltó por eso la leche, al contrario, luego que Señorita me hacía comer más de lo regular, se me derramaba en el seno. Podía haber criado a las dos niñas con descanso si me hubieran dejado. Pero ¡qué había de consentirlo Señorita! Ni pensarlo. Viendo Mamerta mi aflicción y mi tristeza, me trajo una noche a Dolores al cuarto donde yo dormía junto a la cuna de su merced. ¡Ah! ¡Con qué gusto le di de mamar! ¡No he sentido en mi vida mayor delicia! Aquella noche salió bien la trampa. Luego, Dolores se engrió conmigo; como que conoció la diferencia que había de chupar arroz mojado en la muñequita de trapo, a chupar leche en el seno de su madre. Para librarse Mamerta del llanto de Dolores y que la dejara dormir, me la trajo otras noches, cuando creía que todos dormían en casa. Mas tanto va el jarro al pozo hasta que se rompe. Una noche, estando conmigo en la tarima, despertó su merced, y fue preciso sacarla de la cuna para que no oyera Señorita y nos pillara a todos juntos. Coloqué a su merced a mi derecha, y a Dolores a mi izquierda y acostada boca arriba entre las dos, dejé que, como dos alacrancitos me chuparan hasta la última gota de leche. Pero sucedió, supongo, porque yo me dormí pronto, que Dolores se cansó de mamar por un lado, trató de chupar por el otro, y de buenas a primeras tropezó con las manos y la cabeza de su merced, abrazada con su parte. Allí fue Troya. Armaron las dos tal pelotera, que dispertó Señorita, vino al cuarto con una vela en la mano y nos pilló en el acto.

«Mamerta fue la que pagó el pato, porque le dio una de chuchos el Mayordomo, por mandato de Señorita, que no le quedaron más ganas de traerme a Dolores a la tarima. A mí no me dijeron nada; pero al mes siguiente o por ahí, Señorita consultó con el amo lo que había de hacerse conmigo; dio orden de embarcarme en la goleta de señó Pancho Sierra y me soplaron en el ingenio de La Tinaja el día menos pensado, para que purgara mis culpas y pecados.»

Ellos en aquesto estando,
Su marido que llegó.

Pasadas las doce de la noche, entreoyó doña Rosa un murmullo de voces en el interior de la casa, y no creyendo menos sino que ocurría alguna novedad entre sus hijas, se levantó, y empujando puerta tras puerta por toda la crujía de los cuartos, no paró hasta el tercero, donde se celebraba el congreso femenil. Su primer impulso fue reprender a sus hijas, pero se contuvo a la vista de las señoritas Ilincheta y de su respetable tía doña Juana Bohorques. Entonces trató de averiguar el motivo de la velada.

Todas las señoras, más que menos asustadas, no acertaron a decir palabra en justificación de la desusada escena. No así Adela. Lejos de turbarse, salió con mucha risa a recibir a su madre, procurando ocultarle la antigua ama de leche con los pliegues de la falda; y en pocas palabras la explicó el objeto de la reunión y sus resultas. Enseguida agregó:—Aquí tienes a María de Regla. Te pide perdón (se había echado a los pies de su señora) y nosotras todas nos unimos a su ruego para que la dejes ir a La Habana al lado de Dionisio.