Así aprendía él a fuerte, así se curtía desde pequeño, en la pillería y la maldad. Y como no era el único curro, pues abundaba la especie en la época mencionada, acontecía muchas veces el reunirse con otros varios de su edad y de sus aficiones, en cuyos casos sus correrías tomaban carácter más agresivo y malévolo. Formaba, en efecto, partido o bando con los de su barrio para batirse a pedradas con los del vecino, sus enemigos mortales; para arrebatar los medios que los padrinos solían arrojarles a la calle después del bautizo; para atarle mazas de lata a la cola de algunos perros y soltarlos en los sitios más concurridos de paseantes; para lanzar piedras a los tejados o patios de ciertas casas cuyos moradores les eran antipáticos: para hurgar con pinchos y embravecer en los corrales a los cerdos y toros destinados a la matanza; en fin, para esgrimir el cuchillo de palo hasta arañarse y sacarse sangre unos a otros, cosa de aprender y adquirir agilidad en el manejo de esa arma traidora.

Rayaba en la adolescencia cuando su padre, desengañado de que las letras no le entraban ni con sangre, le puso de aprendiz con el maestro zapatero Gabriel Sosa, que tenía su obrador en la calle de Manrique esquina a la de la Maloja, dándole carta blanca para tratar al mozo en todo conforme a la medida de sus merecimientos. Era el maestro Sosa hombre duro de carácter y recio de mano, por lo que, a fuerza de golpes con las hormas, de correazos con el tirapié y de atarle con cadena de hierro, cual animal indómito y montaraz, para quebrantarle la propensión a la fuga, al cabo de cuatro años logró que aprendiese siquiera a hacer zapatos de mujer. Después de cumplido el término del aprendizaje, solía concurrir dos o tres veces por semana a la misma zapatería con el objeto de ganarse la subsistencia, siempre que no se le presentaban las ocasiones de ganársela por medios, si no más honrosos, a lo menos más cómodos y de acuerdo con sus innatas inclinaciones.

La zapatería del maestro Sosa se hallaba en la cresta de una barranca cavada por las aguas llovedizas. Descendían por la calle de Manrique, y, después de recoger las de la calzada de San Luis Gonzaga, las de la Estrella y la Maloja, se precipitaban en cascada por entre los patios de las casas de más abajo, formando arroyo caudaloso. Había, pues, un desnivel grande entre el piso de la casa y el de la calle, y, consiguientemente, dificultad mucha de acceso por la altura del umbral.

Al entrar en la calle Ancha, traía nuestro curro la vuelta del Campo de Marte. Venía a paso largo, mejor a trancos, formando con los brazos un ángulo de 45 grados (tal vez para disimular su demasiada largura), a guisa de cigüeñas de piedra de afilar. No bien oyó los quejidos y echó de ver el bulto en el suelo, paró de repente el trote. Luego de llevarse ambas manos a las orejas, por si permanecían en su sitio las dos menguantes de tumbaga, diciendo para sí:—no están rompía, no me va a sucedel náa, resueltamente se dirigió al herido.

—¡Anjá! Paisano, le preguntó en su lenguaje y tonillo peculiares, ¿quién es usté?

—Yo soy Dionisio Jaruco, contestó él con voz apagada así que se cercioró que se las había con un moro de paz.

Yo no ha oído ese nombre en mi vía.

—No es extraño, señor, porque soy medio forastero en esta ciudad. Y ¿cuál es su gracia de Vd.?

-¿Qué?

—Que cómo se llama Vd.