—Me ñaman Malanga.
—¿Malanga? repitió Dionisio cual si no hubiese oído bien.
—Malanga. Aunque éste no es mi nombre, sino Polanco. Er amo de mi paire era un tar Polanco. Pero asina me ñaman en el Manglal, polque mi paire es de nación, y mi maire tambié, y yo soy crioyo. Dende chiquito me ñaman asina.
Mentía el bellaco. Dábanle en el barrio del Manglar el apodo de Malanga por ser él desmalazado de porte y de carácter, por tener las zancas y brazos largos, en contraste con el tronco, que era corto, y sobre todo los pies grandes y gruesos.
—¿Y que hace el señol ahí tendió pansa arriba? ¿Se le ha subió el aseite a la chola?
—Yo no estoy borracho, Malanga, estoy mal herido.
—¡Jerío! ¿Y quién le ha hecho ese flaco selvisio?
—Un pardito que no vale una guayaba. Mire aquí.
—¡Güeña jeria! Se conoce que el paidito sabe su oficio. ¿Pero aónde ha estao el señol? ¿En un entierro?
—No he estado en ningún entierro. Yo venía de un baile, cuando me topé con el pardito; tuvimos unas palabras y en la pendencia me hirió a traición. Mas ¿por qué me hace Vd., esa pregunta?