—Es que... paisano, ¿el señol no entiende? digo que... que siel señol no pinta, le hago sabel que no tengo ni Jilacha. No he hecho ni la cruz esta noche.

—Vamos, amigo, ¿por qué no me lo dijo antes con antes? Aquí hay dinero. Meta Vd., la mano en esta faldriquera del chaleco. Ahí debe haber una amarilla, dos doblones y un dobloncito. Coja Vd. el más chico y corra, que se me va la cabeza... no veo nada.

Y se desmayó el herido. El curro, sin embargo, no hizo alto en ello. Sólo se ocupó de registrar el sitio designado y de coger en la mano la moneda de oro que rara vez, si alguna había poseído en su vida, con permiso del dueño. Enseguida partió para la taberna que, cual esperaba, encontró cerrada a cal y canto; y se puso a tocar con las falanges de los dedos, al principio a la sordina, luego con el puño a golpes recios y repetidos. De suerte que así fuera sordo de cañón el tabernero, hubo de oír y acudir presuroso al llamado, a fin de evitar que le echaran la puerta abajo. No había de ser un ladrón quien le sacaba de la cama de aquel modo en hora tan avanzada de la noche. Por precaución, sin embargo, no abrió ni el postiguillo enrejado; contentose con echar la voz con acento puro catalán por el ojo de la llave, preguntando:

¡Oya! ¿Qui ets?

Yo, ño Juan.

Ma, ¿qui est jo?

Malanga, ño Juan, ¿no me conose? Abra la puelta.

¡Abrit le porta! ¡Vota va Deus! ¿y per questa embajat m'ha fet salir del cama? Andat, andat tu camin, Malangue. Jo no abrirat le porta. ¡Qué cinich descaro!

—Abra, ño Juan, pol er amol de su maire. Ahí está un probe moreno jerío.

¿Ferido dises? Pera el diable que te abra. ¡Mare de Deu! ¡la justicia! ¡Perderat cuant jo tinga! ¡Meus dinés! Bona nit, noy.