—Oiga, oiga, ño Juan. Yo no dentraré. Abra la gatera. Aquí hay mejengue.
—¡Ah! Ese's altre contare. Vinga lo diné.
—Dando y dando, ño Juan. Deme una boteya de bino seco. No mojao. ¿Entiende? Y un baso del que quema.
—Done, done.
—¿Cuánto?
—Un pese fort et mitje.
—Tenga una amariya chiquita.
—Ten la boutelle et ten lo vaso. Et ten el volte. Per caridat te sirve esta vegada, noy.
Con la botella en una mano y el vaso en la otra, que recibió por el ventanillo enrejado, sin pararse a contar el cambio que le dio el tabernero, acudió en socorro del cocinero. Luego que le lavó la herida, es decir, que se la empapó por encima de la camisa, que se la vendó lo mejor que supo y pudo con dos pañuelos, que le dio a beber el aguardiente, le ayudó a levantarse y por la mano le condujo hasta un cuarto de tablas en el interior de una ciudadela o casa de vecindad que había a la puerta inmediata del teatro de Jesús María. Por fortuna, mientras duró esta cómico-trágica escena, no pasó por allí alma viviente, si exceptuarse puede uno que otro gato o perro que, lejos de emprenderla con nuestros personajes, o huyó despavorido, o se retiró ladrando.
¿Pero de dónde nacía la no vista amabilidad que desplegó aquella alma de cántaro, el malvado Malanga, en tan crítica ocasión? Procedía del hecho que, habiendo tocado las monedas de oro en la faltriquera del chaleco de Dionisio, calculó con razón que, ora muriese de la herida, ora sanase, sería él su heredero forzoso, o se valdría de la fuerza o del engaño para heredarle en vida. A este fin primordial llevó Malanga más adelante todavía sus buenos oficios para con un hombre que le era enteramente desconocido. Cediole la cama, consistente de un catre de viento, sucio y desvencijado, sin más ropa ni manta con que cubrir las mataduras; y a la mañana siguiente muy temprano fue hasta la esquina de la calle de la Maloja y la del Campanario Viejo, donde vivía el cirujano romancista Zarza, le despertó, y, quiera que no, le condujo ante el enfermo, encargándole inviolable secreto. Servicios tales se pagan sólo con dinero entre gente honrada y leal. Así lo comprendió Dionisio, quien, tanto por gratitud cuanto por precaución, se apresuró a pagar la deuda, dando al nuevo amigo que se había echado, la mayor parte de la suma que poseía, no fuera que se cobrase de mano poderosa.