Durante la convalecencia de Dionisio, le entretuvo Malanga con la gráfica relación de su arrastrada vida y de sus aventuras. Nada le ocultó: sus trabajos de muchacho; sus raterías de mayorcito; sus puñaladas dadas y recibidas en riñas desiguales; por último, sus maravillosas escapadas de las persecuciones de la justicia. Especialmente refirió, por cierto con feroz complacencia, llevando la cuenta con marcas hechas en el brazo izquierdo, el número de los cangrejos (según llamaba a los taberneros o pulperos, en su mayoría catalanes), que había birado en sus pocos años de vida; esto es, asesinado a sangre fría.
Como hiciese Malanga en estos casos frecuente uso de los vocativos Dionisio y aún Jaruco, prevínole éste no le diera ninguno de estos dictados, exponiéndole las razones que tenía para aquella precaución.
—Llámame paisano, prosiguió. Así me dirigió Vd. la palabra cuando me encontró más muerto que vivo en medio de la calle. Desgraciadamente soy esclavo, amigo mío, y no me hallo aquí con licencia de mis amos. Yo me aproveché de su ausencia en el campo para coger del escaparate de la señora la ropa que Vd. se figuró era de zacateca. Ahí tomé también el dinerito con que nos hemos venido bandeando. Dentro de dos días no queda ni para encenderle una vela a las ánimas del purgatorio. Gana Vd. poco y eso con mucho riesgo. Así, es necesario pensar en salir a la calle y ver cómo se hace por la vida.
—No se aflija er señol, dijo Malanga en confianza, que entuavía tengo yo una prenda con que se puée haseil plata.
—Venga la prenda, repuso Dionisio alegre.
Desenvainó el matón el buido cuchillo, que siempre llevaba consigo debajo de la camisa, escarbató el suelo natural del cuarto hacia un rincón, oculto por el catre, y sacó algo pesado, envuelto en un trapo. Enseguida, teniendo el bulto alto, añadió:
—Es querei desisde ar señol, que dende el año pasao, entre yo, un paidito ñamao Picapica y un morenito ñamao Cayuco, paranos de mañanita temprano, junto a la plasoleta de Santa Teresa, a un blanquito mu currutaco que en cuanto que le enseñé el jierro me se quedó muelto entre las manos y mos dio toas las prendas que tenía arriba de su cueipo. Misamigos se cogieron la plata y yo me cogí esta prenda. Dispué se la yebé a un platero de la Calsáa pa vel si me la meicaba; ma en cuanto que la miró bien, va y me dise: Esta prenda es robáa, y yo no doy poleya ni un cabo de tabaco. Míe, paisano, cogí piche, y dende ese día la tengo enterráa. Es factible quer señol puea vendesta.
—Daca la prenda dichosa, dijo Dionisio con gran prosopopeya.
Pero no bien la tuvo en la mano, exclamó sorprendido:
—¡Yo conozco este reloj, amigo Polanco!