¿Beldá? dijo Malanga, ¡míe que caso!

Era de oro, y de la argolla pendía, doblada en dos, en vez de cadena o cordón, una cinta moaré azul y encarnado, cuyas extremidades recogía una hebilla, así mismo de oro.

—Conozco este reloj, repitió Dionisio. Señorita, quiero decir, mi señora, se lo regaló al niño Leonardo en octubre del año pasado. Debe tener una marca.

Abierta la contratapa, el ex-cocinero leyó: L. G. S., oct. 24-1830; Leonardo Gamboa y Sandoval, que pasa las Pascuas con su familia en el campo.

—Y ¿qué endivíos son ésos?, preguntó Malanga desconcertado.

—Mis amos, contestó Dionisio. La señora chiquea mucho a su hijo y le hace cada día un regalo.

Pue me ha de peidoná er señol, agregó el curro apesarado. Yo no sabía que esos endivíos eran conosíos der señol.

—No hay para qué perdonarle, amigo Malanga. Si para hacer uno por la vida tuviera que pararse en melindres, se moriría de hambre. Estoy seguro, prosiguió Dionisio, que a estas horas se hallan mis amos muy descansados en La Habana, y su primer cuidado ha sido pregonarme por el Diario. Me parece que leo el edicto en que se ofrece pagar bien por mi captura. No faltará quien, por ganarse la propina, me siga los pasos, y desde ahora digo, que bien puede amarrarse los calzones el que pretenda echarme garra... Yo no me entrego vivo, tendrán que hacerme picadillo. Tal vez Tondá, que me conoce, se habrá hecho cargo de la comisión... No le arriendo la ganancia. Pero no hay necesidad de comprometer un lance, porque dice el refrán que el que evita la ocasión evita el peligro, y yo estoy resuelto a vivir y ser libre ahora que me he escapado. Yo no nací para ser esclavo toda la vida, señor Malanga. No. Yo me crié en medio de la grandeza y de la abundancia; ni conocí los rigores de la esclavitud mientras estuve con mis primeros amos. Esos sí que eran caballeros. Ahora estoy casado y tengo dos hijos. Digo mal. La mujer hace muchos que me la tienen desterrada allá en las quimbámbulas del silencio, en un ingenio, y ha tenido un mulato con un blanco. Pero yo la quiero y quiero con el alma a mi hija, y debo trabajar para comprarles su libertad y la mía. Con que vaya viendo, amigo Malanga, si conviene que no me llame Dionisio, ni Jaruco, los dos únicos nombres por los cuales soy conocido en esta ciudad. Mientras Tondá no oiga mi nombre, ni me vea la cara, estoy seguro.

Pa eso que a mí no me vale er que me ñamen Polanco o Malanga, dijo éste con cierta resignación. Lo mismito da. Tóos me conosen pol los dos nombres. Yo soy más conosío en esta suidá que los perros. Y míe er caso, yo tambié estoy pregonao. Mes capé de las uñas de Tondá pol un milagro. Pue, señol, dentré yo una noche der año pasao con dos amigos, argo talde, en la tabelna que está en la esquina de Manrique y la Estreya. Pedimos un poco der que quema, bebinos y salinos de rengue liso, cuando er tabelnero va y me coge pol la camisa pa que le pagáranos la bebía. Míe, paisano, me se subió el diablo: metí mano ar jierro y le di una mojáa na más aquí (pasándose el índice por la garganta) sarva sea la paite. Der viaje sortó un caño de sangre como un toro jerío, y pa que vea er señol, sartó el mostraól y nos corrió atrás hasta la esquina, donde tubo que agarraise, cayó y dejó maicaos los deos con sangre en la paré.[55] Dispué, Tondá se olió que habíanos sido nosotros, y tanto nos buscó hasta que dio con los tres en un velorio, allá pol lo Sitios. Yo salí safando, ma mis dos amigos cayeron en er laso, y entuavía maman cáisel. Dende entonce ando sin sombra, polque Tondá es mú júbilo. ¿No ve? Sargo solo de noche y a pena ni paso pol la tienda.

—¿Qué tienda?