—La tienda der maestro Sosa.

—¿Maestro de qué?

—De sapatos.

—¿Zapatos de hombre?

—De tóo. Yo trabajo ahí cuando no pueo ganai la vía de otra manera. Yo hago sapatos de mujé.

—Y yo también los hago, dijo Dionisio animándosele el semblante. Aprendí a hacerlos con el calesero Pío, de mi casa. No soy un chambón en el oficio. Y me ocurre una idea: que si Vd. tiene la bondad de hablarle al maestro Sosa, quizás me tome, en cuyo caso nos hemos salvado. No podrá sospechar siquiera Tondá, que me he refugiado en una zapatería.

Güeno, si er señol quié lo yebaré una talde destas, mejol, una mañanita, polque como Tondá anda siempre en cabayo, no sale nunca temprano a la calle.

Efectivamente, Malanga, así que su amigo recobró la salud y se halló en disposición de trabajar, lo condujo a presencia del maestro Gabriel Sosa y se lo recomendó de todas veras, no ya sólo como oficial experto en zapatos de señora, sino como persona distinguida y hombre honrado a carta cabal; que había caído en desgracia y apelaba al oficio para no morirse de hambre. Por donde vino a repetirse aquí el cuento, algo parecido, del león herido a quien recogió un esclavo prófugo en las soledades del África, para que después el animal alimentara al hombre y le protegiera contra las demás fieras, cuando al cabo de muchos años se encontraron los dos en el circo de Roma.

Capítulo II

Ille dolet tere qui sine teste dolet
Verdadero es el dolor del que sin testigos llora.