Marcial

Hasta la puerta de la casita en la calle del Aguacate, acompañaron a Cecilia el sastre Uribe, Clara su mujer, Pimienta y su hermana Nemesia.

Así que llamó Cecilia del modo particular convenido, rodó la tranca y se abrió por sí misma la puerta. Es que la abuela, muy enferma para esperar en pie a la nieta, había atado el cabo de una cuerdecita al extremo de la tranca, cerca de su punto de apoyo, y el otro cabo a uno de los pilares de la cama, al alcance de su mano. Por lo pronto no se hablaron una palabra.

Mientras Cecilia se desnudaba casi a tientas, por la poca claridad de la mariposa en el nicho, se le escaparon uno tras otro involuntarios y hondos suspiros. Esos eran los amarguísimos dejos de la fiesta. Allá había corrido para aturdirse con el movimiento de la danza, las armonías de la música y las adulaciones de los hombres; para ahogar en el tumulto de las vastas y heterogénea reunión el recuerdo del amante ausente, desdeñoso y quizás olvidadizo, para ver de vengarse de su ingratitud, para probar, en fin, si podría olvidarle en caso de más indefinida y seria separación.

Todo le salió al revés. Repasó en la mente las peripecias de la diversión, y halló que había sido demasiado prolongada, la música ruidosa y chillona, las mujeres desgarbadas y feas, los hombres petulantes y necios, la reunión harto vulgar e insípida para haberla alegrado y entretenido. Comparó esa fiesta con la del 24 de setiembre en casa de la Ayala, donde gozó como reina del amor y de la hermosura en brazos de su amado, hoy ausente, y se le oprimió el corazón y estuvo a punto de que la ahogara el sentimiento. Pensó en su suerte, deduciendo, por necesaria consecuencia, que peor había sido el remedio que la enfermedad, y que la venganza entre los amantes terminan siempre en el castigo de una de las partes contendientes, en la muerte para la dicha o para la vida terrenal.

Tan triste y miserable se sentía Cecilia, que hasta el momento de meterse en la cama no advirtió que la abuela era presa de una desazón terrible. La pobre anciana se retorcía y gemía sordamente, cual si estuviera a punto de acabársele la vida. Buscó entonces su frente, y no bien le puso la mano encima, la retiró exclamando:

—¡Ay, mamita! Su merced tiene calentura.

—¿Ya viniste? replicó la anciana con voz moribunda. Si tardas un poquito más no me encuentras viva.

—Su merced no estaba así cuando yo salí para el baile. Véase qué disparate ha hecho en mi ausencia.

—Ninguno. Me pasé la prima rezándole a la Virgen; pero desde por la mañana me siento malísima. Me ha dado en el corazón que se acerca mi fin. ¿Qué hora es?