—Son las dos. Acabo de oír el reloj del convento.
—¿Crees tú que está levantado el padre Aparicio?
—No lo creo, mamita. El no llega al convento antes de las cuatro, que es cuando principian los maitines. Pero ¿para qué quiere su merced el padre a estas horas?
—¡Hija mía!, para confesarme. Siento que se me acaba la vida y no quiero morir como un perro.
—¿Su merced no se confesó y comulgó ayer por la mañana?
—Sí, niña. ¿Y qué?
—Bien. Pues eso basta.
—No basta. Somos pecadores. A cada momento pecamos y debemos estar preparados para que cuando llegue la hora, nuestra alma comparezca ante su Divina Majestad, limpia como una patena.
—No estaba su merced anoche de cuidado. Si lo sospecho ¿cómo hubiera ido al maldito baile? Nunca. Lo que no comprendo es por qué se ha puesto su merced tan mala que le haga temer la muerte en horas.
—De la salud a la enfermedad no hay más que un paso, y lo mismo se vive que se muere.