—¿Podría su merced explicar lo que siente ahora?

—Es imposible, mi vida. Lo único que te diré es que se me arranca el alma, y que mientras más pronto vayas por el padre...

—El padre no va a curarle la calentura, y su merced no tiene otra cosa. Es muy aprensiva su merced. Mejor será que vaya por el médico. Si iré por él en cuanto amanezca. Entretanto le daré un baño de pies y le pondré unos sinapismos para que se le quite el dolor de cabeza. Verá, verá su merced cómo la alivia, si no la pongo buena. Su merced no puede estar tan mala que no tenga cura. Todavía su merced me entierra a mí.

—Nuestro ángel custodio San Rafael y la Virgen Santísima te oigan, hija mía. Sentiría morir por ti, no por mí. Tú principias a vivir, ya yo terminé la jornada... Pero, ve, haz como gustes y sea lo que Dios quiera... Se me parte la cabeza, agregó, oprimiéndose con ambas manos la frente...

Con esto se apresuró Cecilia a hacer lumbre en el fogón, debajo del cobertizo en el patio, valiéndose de la usual pajuela y de unos pocos carbones. Así, en minutos quedó listo el baño y puesto en un lebrillo grande. Enseguida procedió a darle el baño a la abuela con no menos fe y cariñosa humildad que la mujer que le lavó los pies a Jesucristo en casa de Simón. Mientras se los enjugaba, mejor dicho, enjugándoselos, se los sobaba blandamente, y de cuando en cuando les imprimía un ardiente beso, o se los arrimaba a las mejillas para comunicarles algo del calor que ardía en sus venas.

Conmovida la abuela, puso una mano en la cabeza de la nieta, y dijo:—¡Pobre Cecilia! Esto quiere decir, mi vida, que tú misma conoces que mis horas están contadas. Digo mis horas, cuando pueden ser mis minutos, mis segundos... y me preparas para la cena antes de emprender...

No prosiguió; la emoción o el dolor le ahogó la voz en la garganta. Por su parte Cecilia, al sentir la mano de la abuela en la cabeza, experimentó una sensación muy parecida a la que se experimenta cuando recibimos una descarga eléctrica, y sus lágrimas, hasta entonces contenidas por fuerza, empezaron a correr hilo a hilo por sus mejillas, aumentando el agua del lebrillo.

Advirtiolo la anciana, y sacando fuerzas de flaqueza, como suele decirse, agregó:

—No llores, alma mía, que me afliges más de lo que estoy. Consuélate. Tú eres una niña todavía: tienes delante un porvenir risueño. Aunque no te cases nunca, todo te sobrará. Siempre habrá quien mire por ti y te proteja. Y si no, allá está Dios en el cielo que no le falta a nadie. Ya siento algún alivio. Tal vez el mal da tiempo... ¿Qué sabemos? Vamos, hijita, cálmate. Valor. Necesitas descanso. Si te acuestas ahora mismo, de aquí al día tienes dos horas de sueño para recuperar las fuerzas... Las muchachas de tu edad son como la flor de la maravilla: cátala muerta, cátala viva. Ven, dame un beso, y... hasta mañana. El ángel de la guarda te proteja con sus amorosas alas.

¡Qué había de dormir ni de reposar Cecilia! No bien abrieron las puertas de la ciudad y comenzó a oírse, en las calles el cencerro desconchado de los arrieros de carbón, dejó furtivamente la cama y corrió en demanda de su cara amiga Nemesia, para que se quedara al cuidado de la enferma mientras ella iba por el médico en la calle de la Merced. Días antes le había dado la abuela, a prevención, las señas de la morada del galeno con estas palabras: casa de azotea con una ventana de reja de hierro, puerta colorada de zaguán, en medio de la cuadra, acera del Sur. No se equivocó la nieta, pero estaba cerrada y en silencio. ¿Qué hacer en aquellas circunstancias? El caso urgía y se decidió a llamar. Pegó un aldabazo y esperó en grande ansiedad el resultado.