Al cabo de corto espacio de mortal silencio, se abrió un postiguillo de la ventana y asomó por él el rostro de una dama tan por extremo hermoso y sonrosado, que se quedó Cecilia estupefacta. Figúrese el lector unos ojos negros y rasgados, a los que dan sombras cejas espesas en arco, una boca pequeña de labios encendidos, una nariz aguileña y muy expresiva, una cabeza amorosa poblada de profusa cabellera negra que azuleaba, el todo encuadrado y puesto de relieve por una graciosa papalina de batista, «cual la nieve blanca», guarnecida de un vuelo menudo de tiras bordadas. Tales eran los rasgos fisonómicos que más sobresalían en doña Agueda Valdés, joven esposa del célebre cirujano don Tomás Montes de Oca.

Este bosquejo a la pluma es copia del retrato al óleo de esa dama, hecho por el pintor Escobar,[56] que cuando jóvenes pudimos contemplar extasiados, pendiente de las desmanteladas paredes de la sala de su casa, en la calle de la Merced. Respecto de su fisonomía moral, el rasgo más prominente, a lo menos aquél de que nos es dado hablar en estas páginas, eran los celos. Su propia sombra se los inspiraba, no embargante que su marido carecía de aquellas prendas físicas que hacen atractivo al hombre a los ojos de las mujeres. Pero era médico, célebre y rico, y ella tenía muy pobre opinión de las hembras, diciendo a menudo que no había hombre feo para la enamorada y ambiciosa.

Movida por los malditos celos, ejercía una vigilancia constante sobre su marido, sobre los clientes que él visitaba y sobre los que acudían en demanda de sus profundos conocimientos médico-quirúrgicos, especialmente si arrastraban faldas. Por eso madrugaba tanto; por eso cuando no podía adquirir informes por sí misma, cometía la debilidad de poner en confesión al estúpido y malicioso calesero, su esclavo, el cual, aun cuando a veces la revelaba hechos reales y positivos, casi siempre la llenaba la cabeza de un centón de cuentos de brujas.

Es de suponer cuál no sería el regocijo interior de doña Agueda al descubrir que la que había llamado a la puerta era una moza de medio pelo que, pues se recataba bajo la manta de burato bordada de colores y, por supuesto, costosa, de lujo, no podía menos de ser alguna de sus amigas con el disfraz de paciente.

—¿Qué quieres?, le preguntó la celosa señora con cierta aspereza y precipitación, no fuera que volviese a tocar.

—Vengo por el señor doctor, contestó tímidamente Cecilia, acercandóse a la ventana y levantando entonces los ojos de lleno a la desconocida señora.

—¡Tate! dijo ella entre sí, luego que notó el buen parecer de la muchacha. Aquí hay gato encerrado. El médico, añadió alto, ha pasado mala noche, y duerme...

—¡Qué lo siento! exclamó Cecilia dando un suspiro desgarrador.

—¿Qué médico es el que buscas, muchacha? preguntó la señora sonriendo maliciosamente. Porque podría ser que estuvieses equivocada.

—Vengo por el señor doctor don Tomás Montes de Oca, repuso Cecilia en voz alta, aunque temblosa. ¿No vive aquí el caballero?