—Esa niña está hoy muy desdeñosa, dijo Cantalapiedra, que notó la acción y la mirada.

—¿Y cuándo no? dijo Nemesia sin volver la cara.

—Nadie te ha dado vela en este entierro, repuso el comisario.

—Y al señor ¿quién se la ha dado? agregó Nemesia mirándole entonces de reojo.

—¿A mí? Leonardo.

—Pues a mí, Cecilia.

—No hagas caso, mujer, dijo esta última a su amiga.

—Si no fuera por qué... yo te ponía más suave que un guante, añadió Cantalapiedra hablando directamente con Cecilia.

No ha nacido todavía, dijo ella, el que me ha de hacer doblar el cocote.

—Tienes esta noche palabras de poco vivir, le dijo entonces Leonardo, inclinándose hasta ponerle la boca en el oído.