—Me la debe Vd. y me la ha de pagar, le contestó ella en el propio tono y con gran rapidez.

—Al buen pagador no le duelen prendas, dice a menudo mi padre.

—Yo no entiendo de eso, repuso Cecilia. Sólo sé que Vd. me ha desairado esta noche.

—¿Yo...? Vida mía...

En aquella misma sazón se acercó Pimienta por la puerta de la sala saludando a un lado y a otro a sus amigas, y cuando se puso al alcance de Cecilia ésta le echó mano del brazo derecho con desacostumbrada familiaridad, y le dijo, afectando tono y aire volubles:—¡Oiga! ¡Qué bien cumple un hombre su palabra empeñada!

—Niña—contestó con solemne tono, aunque acaso no era para tanto—José Dolores Pimienta siempre cumple su palabra.

—Lo cierto es que la contradanza prometida aún no se ha tocado.

—Se tocará, Virgencita, se tocará, porque es preciso que sepa que a su tiempo se maduran las uvas.

—La esperaba en la primera danza.

—Mal hecho. Las contradanzas dedicadas no se tocan en la primera, sino en la segunda danza, y la mía no debía salir de la regla.