—¿Dionisio Jaruco?

—No, Gamboa, pues es mi esclavo. Bien que, como criollo de Jaruco, no es extraño que pretenda pasar por ese apellido.

—El mismo que yo sospechaba. En el baile de corte que dio la gente de color allá afuera la antevíspera de Nochebuena, conocí a un moreno que se decía Dionisio Jaruco. Sus señas corresponden fielmente con las que le dan en el Diario, y creo no me será difícil cogerlo, si la señora me concede el permiso para buscarlo.

—Regalaría dos onzas de oro al que lo capturase, tres, cuatro, cualquier dinero. Ha cometido una gran falta y deseo castigarlo cual merece. Temo que se resista. El la echa de guapetón.

—No tenga la señora pena por eso. Se lo voy a traer amarrado codo con codo.

—Mi regalía es segura.

—No me lleva el dinero, me lleva solamente aquello de que quien la debe que la pague. Cumplo con las órdenes de mi jefe, el Excelentísimo señor don Francisco Dionisio Vives, que, con la aprobación de S. M. el Rey, que Dios guarde muchos años, me ha comisionado para prender a los delincuentes de color.

Salía temprano María de Regla de la casa en la calle de San Ignacio; llamaba a la puerta de la de mejor apariencia, mandaba el papel a la señora, y sentada en el umbral, mientras descansaba venía la respuesta, reducida invariablemente a que el ama tenía bastantes criados y no necesitaba ninguna de alquiler. Teníase por denigrativo entre la gente de color el servir a otra persona que el amo, género de idiosincrasia de que no tuvo María de Regla ni sospecha sino al cabo de muchos chascos y desengaños parecidos al que acaba de mencionarse. En realidad no abrigaba ella intención ni esperanza de obtener alquilador o amo: ambas cosas la repugnaban altamente, estimando uno u otro extremo como la mayor desgracia que podría sobrevenirla. Si hubiera sido mujer capaz de mostrar en el rostro a primera vista las emociones del espíritu, el más miope habría podido observar cómo se enrojecía de la vergüenza cada vez que sacaba el papel del seno para darlo al criado que venía a abrirla la puerta.

Su intención, su esperanza, el deseo más vehemente de su alma al solicitar la vuelta a La Habana, fue buscar a Dionisio para unirse a él si estaba vivo, o quitarse la vida si había muerto. Por eso, lejos de sentirlo, experimentaba una especie de regocijo secreto siempre que la devolvían el papel acompañado de un no, seco y decisivo. Pero el plazo que la habían concedido era, sobre corto, fijo; ya habían cursado varios días en vanas diligencias; si se cumplía y no presentaba alquilador ni amo, ¿qué haría su señora, mujer de carácter tan firme y severo con sus esclavos? En estos críticos momentos su hija Dolores la reveló la substancia de la conversación que doña Rosa acababa de tener con Tondá, cuyo nombre y hechos andaban en boca de todos; y aguijada por el temor de perder de una vez a su adorado Dionisio, resolvió dedicar los pocos días que del plazo fatal la restaban, a la consecuencia del que ya era el único objeto de su existencia.

Tomando lengua, se dirigió una mañana temprano al mercado de la Plaza Vieja, uno de los dos que entonces existían dentro de los muros de la ciudad. Era aquel un hervidero de animales y cosas diversas, de gentes de todas condiciones y colores, en que prevalecía el negro; recinto harto estrecho, desaseado, húmedo y sombrío, circunscrito por cuatro hileras de casas, quizás las más alterosas de la población; todas, o la mayor parte, de dos cuerpos, el bajo con anchos portales de alto puntal, que sostenían balcones corridos de madera.