Apenas salió don Melitón, doña Rosa levantó los ojos y las manos juntas al cielo, y exclamó:—¡Ah! ¡Qué Mayordomo tan bruto tiene mi marido! Por milagro anda en dos pies.

A la vuelta de éste de la imprenta, le despachó el ama en una volante de alquiler, camino del Cerro, para inquirir si ya había sido conducido Dionisio al depósito de negros cimarrones que tenía establecido el Consulado de Agricultura y Comercio de La Habana e isla de Cuba, contiguo al elegante sitio de recreo de los señores condes de Fernandina. No se hallaba allí el prófugo, por la sencilla razón de que sólo se remitían a ese depósito general aquellos negros de las fincas rurales que, alzados a los montes, se cogían vivos con perros, y que, por su ignorancia o malicia, no podía averiguarse de pronto el nombre de sus legítimos dueños.

Pesquisas tan infructuosas empezaban a sembrar el desaliento en el ánimo de doña Rosa, cuando se presentó en su casa un negro en traje militar para pedirla con la mayor cortesía una audiencia de pocos minutos. Le midió ella de alto a bajo con una mirada inquisitiva, y dijo:

—¿Tondá?

—Muy humilde criado de la señora, contestó él haciendo un arco de su esbelto cuerpo.

—¿Qué se ofrece? preguntó seria doña Rosa.

—¿No es de la señora un aviso sobre un moreno huido?...

—Sí.

—¿Cómo se llama el moreno? y perdone la señora...

—Dionisio.