—Eso digo yo, dijo el Mayordomo.
—Nada ha dicho Vd. de provecho, exclamó doña Rosa incomodada. ¿Cómo es que no se le ha ocurrido poner un avisito en el Diario?
—Vaya que sí se me ha ocurrido, señora doña Rosa, replicó el hombre, contento de poder vindicarse. Se me ha ocurrido más de una vez, muchas. Sí, señora, se me ha ocurrido.
—Entonces, ¿por qué no lo ha puesto en planta?
—Pues ahí está el ajo de la dificultad, mi señora doña Rosa. Es que no sé como redactar esos avisos. Jamás las he visto más gordas. Cosa natural; en mi pueblo no había gacetas.
—La cosa es lo más fácil del mundo. ¿No recuerda Vd. las señas de Dionisio? ¿Su figura? ¿Su empaque? Negro criollo, prieto rechocho, marcado de viruelas, cara redonda, grandes entradas, boca grande, nariz chata, buenos dientes, ojos saltones, cuello corto, aire aristocrático, oficio cocinero, sabe leer, debe darse por libre, falta de la casa de sus amos desde tal fecha; se dará una buena gratificación al que lo capture y entregue en tal parte, haciendo responsable a daños y perjuicios, etc., etc. Todo como se lee cada día en el Diario, bajo el epígrafe o como se llame, de... Esclavos prófugos.
—Ya, ya, me parece bien dicho todo eso, señora doña Rosa. Suena lindamente de palabra, mas cójase la pluma y póngase en el papel... Declaro sin vergüenza, mi señora, que no me da el naipe en achaque de escritos para gacetas. Claro, yo no nací para gacetillero, y el que no nació para casado, dice el refrán, que no engañe a la mujer.
—En muy poca agua se ahoga Vd., don Melitón. ¿Se atrevería Vd. a repetir lo que acabo de decirle?
—Creo que sí. Talento me falta, memoria no, me sobra.
—Está bien. Pues para que no se olvide, ahora mismo se va Vd. a la imprenta del Diario. Se halla en esta calle, pasados los portales del Rosario, una casa de zaguán, con dos ventanas de espejo, donde antes se jugaba a la lotería de cartones... Ahí. Entra Vd. y busca a don Toribio Arazoza, el redactor. No puede Vd. equivocarse: es hombre de facha ordinaria, gordiflón, barbudo... Casi nunca se afeita, siempre se ríe con los labios, no con el semblante... Vd. me entiende. Pues a ése le relata Vd. cuanto le he dicho de Dionisio, que él sabe cómo se redactan los avisos sobre esclavos prófugos.