—Sí, tube un. ¡Ma linde! ¡Ah! ¡qué bunite! No la ha vito ma bunite en la vía.
En este punto, trayendo la calle del Aguacate, las dos negras cruzaron la de O'Reilly, e indicó de paso Genoveva, con el dedo, a María de Regla la casita, entonces cerrada, donde había fallecido la anciana de que hablaban. En la inmediata calle de la Bomba, la guía torció a la izquierda y llamó a la tercer puerta de la derecha con el acostumbrado pregón de: ¡Caserite! ¿No mi toma na hoy?
Respondió al llamado nada menos que Nemesia Pimienta, sólo conocida de la vendedora como su parroquiana reciente, desconocida del todo para la ex enfermera del ingenio de La Tinaja. Mientras aquella servía la carne de puerco, la manteca y los huevos que le pidieron, ésta que se había quedado algo atrás, cosida al batiente cerrado, registró a su sabor una buena porción de la sala. Arrimada a la testera de frente para la calle, se hallaba sentada en un columpio con los pies apoyados en el travesaño de la silla que tenía delante, una joven que a María de Regla le pareció blanca. De este color era su vestido; pero negro el del pañuelo de batista que ceñía su torneado cuello; negro el del copioso cabello hecho dos trenzas que coronaba la bien modelada cabeza; negro el de los zapatos de carro de oro que aprisionaban sus piececitos de elevado empeine y arqueado puente; la hermosa desconocida vestía luto en el cuerpo y en el corazón, según la honda tristeza que anunciaban, tanto su semblante como su actitud. Por las prendas de ropa que se veían en el suelo, en el respaldo de la silla y en su mismo regazo, se echaba de ver que cosía; de cuya labor no levantó los ojos sino en los momentos en que su compañera, que se ocupaba del mismo modo, abría la puerta de la calle y ayudaba a deponer en el quicio el tablero pesado de la vendedora.
Para que se fijara la imagen hechicera de la enlutada en la viva memoria de María de Regla, no pudo ser más propicia la ocasión; y de tal modo fue así, que luego repetía a media voz, paso a paso detrás de su protectora:—¡La niña Adela! ¡la niña Adela!, comparando allá en su mente la fisonomía de aquélla con la de la más joven de sus amas.
Como oyese la carnicera la cantinela, dijo en tono de represión:
—¡Ah! Ese niñe no ñama Adel, ñama Sesil.
Más vale callar, pensó María de Regla, y no replicó palabra; pero se quedó en sus trece, por cuanto siguió creyendo en que había singular semejanza entre su niña y la enlutada de la casa en la calle de la Bomba, cuyas señas guardó para la primera oportunidad.
Hasta las dos de la tarde anduvieron las negras vagando por las calles de la ciudad; y en el medio tiempo logró la carnicera reducir a plata los efectos que llevaba en el tablero. Por la puerta llamada popularmente de la Muralla, salieron a la Alameda y se sentaron en un asiento de piedra, protegido por un árbol frondoso, entre el antiguo café de Atenas y la estatua de Carlos III.
De una mugrienta bolsita de cañamazo cuya boca se recogía con un bramante, y que Genoveva llevaba en el seno, sacó y contó hasta doce pesos en pesetas sevillanas, reales y medios de plata, de los cuales, deducidos los siete, poco más o menos, costo de las mercancías negociadas, restó una ganancia neta de cinco duros. No se requería conocimiento de los números para hacer la cuenta, ni de más convincente argumento para probar lo remunerativa de aquella industria. Convencida de ello, se decidió a adoptarla María de Regla.
Hablaba después ella de lo que se decía respecto de su marido, de la herida que había recibido en riña, por aquel mismo barrio, y de su desaparición desde la víspera de Nochebuena. Entonces recordó Genoveva haber oído decir a Malanga, que por esa fecha había amparado a un moreno que encontró mal herido a la entrada de la calle Ancha. Esta especie la había corroborado en todas sus partes el carretillero aguador, quien momentos antes que su malévolo hijo, según se recordará, pasó por allí y no se detuvo porque juzgó muerto al herido. Preso en la cárcel Malanga, no era fácil averiguar de pronto quién fuese, ni qué se había hecho el moreno herido; pero María de Regla se convenció que no podía ser otro que Dionisio, y se propuso explotar en todos sus alcances datos tan preciosos.