En este punto de la conversación de las dos mujeres, pasó a caballo por delante de ellas, y atravesó el centro del Campo de Marte, en dirección de la calzada de San Luis Gonzaga, el joven negro militar, de que hemos hablado varias veces.
—¡Tondá!, dijo Genoveva indicándoselo a su compañera.
Sin poderlo remediar, a su vista diole un vuelco el corazón a María de Regla. Es que creyó ver a Dionisio en las garras de aquel joven intrépido que portaba sable, que la ley protegía, y que el prestigio de sus muchos actos de valor heroico hacía casi invulnerable. Se puso en pie por un impulso desconocido, dio algunos pasos en la dirección que llevaba cuando le perdió de vista tras la nube de polvo que levantaban las patas de su veloz caballo en la distante calzada, retrocedió al asiento y se desplomó sin habla junto a su asombrada amiga.
Fue causa este ligero incidente para que las dos mujeres tardaran todavía algún tiempo antes de ponerse de nuevo en camino. Pero no bien entraron en la calle Ancha, echaron de ver desusada agitación y extraño movimiento de pueblo. Hombres, mujeres y muchachos corrían como desatentados en opuestas direcciones. Los más se refugiaban en sus casas, cerraban las puertas con estrépito y se asomaban a los postigos de las ventanas para preguntar al vecino o al transeúnte el motivo de aquellas carreras, cerramientos de puertas y exclamaciones. Este contestaba:—Un fuego en Jesús del Monte; el otro:—Un levantamiento de negros en la tenería de Xifré; aquél:—Un robo en la calle de las Figuras; quién:—Un matado.
El último en hablar fue el único que se acercó a la verdad, confirmando la noticia algo después de las tres de la tarde, con muchos aspavientos y palabras inconexas, el carretillero o aguador Polanco. Muy conocido en el barrio, su aparición en la calle Ancha fue saludada con un escopeteo graneado y cruzado de preguntas de ventana a ventana. Ocioso era aquel trabajo, porque él de motu propio venía anunciando la muerte alevosa de Tondá, delante de la zapatería de la calle de Manrique esquina a la de la Maloja.
Por Malanga, preso en la cárcel pública, había averiguado Tondá el asilo de Dionisio Gamboa, y corrió a prenderlo con aquella confianza y descuido que nacen del valor llevado hasta la temeridad. Llamado a la puerta del obrador por un hombre tan conocido como Tondá, no pudo Dionisio equivocar sus intenciones, y desde luego, formó su resolución. Se levantó del banco en que trabajaba, y se acercó con las manos a la espalda, en ademán de entregarse.
El movimiento de avance por parte del prófugo determinó otro opuesto por parte del perseguidor, que le fue fatal. Grande, como se ha dicho, era el desnivel de la calle, y había además detenida entonces a la puerta de la zapatería una volante alquilona que obstruía el paso. Para hacer campo, Tondá, ya desmontado, retrocedió corto trecho; descuido éste de que se aprovechó en el instante el astuto cocinero, para metérsele dentro y abrirle el vientre de lado a lado con el mismo trinchete de que se servía para las reparaciones de la suela de los zapatos. Herido y todo el heroico Tondá, persiguió al asesino, cayendo exánime a poco andar en medio de la honda calle.
El hecho es histórico en casi todos sus pormenores.
Capítulo IV
¿Qué soñar con el que adora,
y qué sufrir cuando tarda,
y qué temer cuando llega,
y qué llorar si se marcha?