J. Velarde
En una mañana del benigno enero diole a Cecilia un vuelco el corazón, y dijo entre sí:—¡Eh! Viene él hoy. Y desde ese momento no pudo pensar en otra cosa, ni hacer nada de provecho. Veces infinitas se asomó al postigo de la ventana, creyendo la cuitada que así apresuraría la venida del objeto de sus ansias; y otras tantas se dejó caer, desfallecida de alma y cuerpo, en el columpio arrimado a la testera opuesta.
De poco le valió el volverse toda oídos y ojos. Por el contrario, tal era la ofuscación de sus sentidos, que escuchando no oía, mirando intensamente no veía. Esto explica por qué se pasaron algunos segundos antes que ella realizase la presencia del amante, llenando el hueco de la entornada puerta de la calle, cual en un espejo su imagen adorada. Entonces, olvidada por completo de sus propósitos de venganza, de los desdenes anteriores, de los supuestos agravios recibidos con sus veleidades y su marcha al campo, corrió a su encuentro con los brazos abiertos, le besó y se dejó besar por él en el delirio de la pasión. No cabe duda, el hecho de la corta ausencia había obrado el milagro de convertirlos en íntimos amigos, en cariñosos hermanos, en ternísimos amantes.
—¿Estás sola? la preguntó él.
—Sola, contestó ella con lánguida expresión.
—¿Me esperabas? agregó tiernamente teniéndola estrechada todavía por la cintura.
—Con el alma y con la vida, repuso la joven en su amoroso entusiasmo.
—¿Quién te dijo que yo venía hoy?
—¡El corazón!
La besó de nuevo en los ojos y en la boca, y añadió: