—¡Ah! Escuche, agregó Cecilia recordando: dijo que su mujer fue quien me crió, que yo era mulata y que mi madre vivía y estaba loca.

—¿No se averiguó cómo se llamaba ese diablo de negro?

—Sí, se supo al fin. Lo reconoció un oficial de la sastrería de Uribe. Lo llamó por el nombre de Dionisio Gamboa, aunque él sostuvo que no se llamaba así, sino Dionisio Jaruco.

—¡Ah! ¡Perro! exclamó Leonardo apretando los puños al mismo tiempo que los dientes. ¡Qué buen novenario merece! Lo llevará, como hay un Dios en el cielo, en cuanto se le capture. A bien que ya Tondá le sigue la pista. No hay tal Dionisio Jaruco ni calabaza. Su nombre sí es Dionisio, pero su apellido debe ser Gamboa, porque pertenece a mamá. El muy indigno, mal agradecido, infame, al robo de la ropa antigua de papá ha añadido la fuga y dejado a mamá sin cocinero. A ningún negro se le han consentido en casa más desvergüenzas que a él. Y véase el resultado. La pagará. Que se esconda bajo siete estados de tierra, de ahí le sacarán. Se le castigará cual merece, lo juro. Me parece que si le desuellan vivo no paga las que debe. Después, ¡atreverse a insultarte...!

Arrebatado por la cólera, tardó algún tiempo en comprender Leonardo que había asustado a Cecilia con tan inoportunas amenazas, además de ponerse en ridículo a sus ojos, pues ésta advirtió sin esfuerzo que el furor de su amante contra el negro no procedía tanto del agravio a ella inferido, cuanto de haber dejado la familia sin cocinero. Volviendo sobre sus pasos, aunque tarde, añadió el joven:

—Pero, a todas éstas, ¿qué has tenido tú que ver con la separación de Dionisio de su mujer? Nada, absolutamente nada. Dudo que fueses nacida cuando mamá zampó a María de Regla, la mujer de Dionisio, por escandalosa y desobediente, en el ingenio de La Tinaja. Y si no habías nacido, ¿cómo pudo criarte? Ella sí crió a mi hermana Adela. Vamos, es un disparate, una equivocación suya, pretexto para desfogarse contigo que no podías devolverle el insulto.

—Para eso, dijo Cecilia con satisfacción, que le costó caro el meterse conmigo. A la salida del baile esperó a José Dolores en la esquina de la calle Ancha. Pelearon con cuchillo y el negro cayó a los primeros golpes...

—¿Muerto? exclamó Leonardo, que no esperaba semejante desenlace.

—Me parece que no. El quedó en el suelo quejándose mucho. ¿Le duele a Vd. que se le hubiese castigado tan pronto la falta?

—No, no, se apresuró Gamboa a corregir la falta de galantería que acababa de cometer manifestando sentimiento por la herida de su esclavo. No me duele perder un negro. Tenemos muchos. Siento sí que tú hayas estado por medio. Fue un escándalo. ¡Tú complicada en un homicidio! Mas hablando de otra cosa, ¿qué médico asistió a tu abuela en su enfermedad?