—El mal estuvo en tu concurrencia a un baile de gente de color...

—Lo sé, lo confieso, me pesará toda la vida haber ido. Eso me parece que le apresuró la muerte a mamita.

Volvió a llorar Cecilia; y Leonardo, para alejar de su mente aquella idea, o para averiguar lo que había ocurrido dentro y fuera del baile, la preguntó:

—¿Qué casta de negro era el que te ofendió?

—No sé. En mi vida le había visto. Tampoco me conocía él a mí sino por mera inferencia. Creo que me invitó a bailar para tener la ocasión de insultarme y vengar así un agravio que supuso alguien le había hecho por mi causa.

—¿Quién le hizo el agravio?

—No lo dijo. Sólo dijo a gritos que yo tenía la culpa de que se viera separado de su mujer.

—Debía estar loco o borracho.

—Borracho no, más bien loco. Daba miedo. También me dijo que me vio cuando yo gateaba; que sabía quien era mi madre y que conocía a mi padre como a sus manos.

—Mal pudo conocer a tus padres, observó Leonardo con aire sentencioso, siendo así que eres hija de la Cuna. ¡Disparate!