—Te engañas, dijo Leonardo alarmado por el hermoso retrato que acababa de trazar Cecilia de José Dolores Pimienta. No tengo prevención ninguna contra tu amigo. No lo miro con buenos ni con malos ojos, por la sencilla razón de que no me cuido si vive o si muere. A mí no puede hacerme sombra semejante sastrecito. Siento, sí, que en estas circunstancias hayas creído necesario explicarme la clase de relaciones que han existido y existen entre Vds. dos. No me interesa eso en lo más mínimo.
—A Vd. le corresponde hablar así, a mí no. Sería la más descastada de las mujeres si olvidara por un momento los muchos favores que le debo a José Dolores. El fue mis pies y mis manos, mi todo, durante la enfermedad de mamita; él hizo los mandados; él llamó varias veces al médico; él trajo las medicinas de la botica; él hizo caldos de gallina para la enferma; él veló conmigo a su cabecera; él fue por los óleos a San Juan de Dios; él corrió con el entierro; él lloró tanto como yo la muerte...
En este punto los sollozos y las lágrimas le cortaron la palabra a Cecilia. Después continuó como ofendida por el tono y las frases despreciativas que había empleado Leonardo respecto de José Dolores:
—Hay favores que no se pueden pagar bastantemente; la mujer que los olvida no merece el pan que come. José Dolores siempre me ha distinguido y respetado, y lo que es en el baile sacó la cara por mí, exponiéndose a la muerte.
—¿Con qué motivo sacó la cara por ti?
—Con motivo de haberme ofendido un negro.
—¿Por qué te ofendió?
—Porque me negué a bailar con él.
—¿Le desairaste?
—No. Yo no le conocía. Era un intruso, ¿por qué había de bailar con él? Además, tenía comprometido el minué con Brindis. Tampoco quería yo bailar pieza con los negros. Las dos o tres que bailé con ellos fue por compromiso.