—Veo que no pierdes la ocasión de zaherirme, dijo Leonardo disimulando su desazón. Y me parece que serías capaz de querer a cualquier hombre con tal de darme caritate.

—No tanto, ni tan calvo que se le vean los sesos. Hay muchos hombres a quien no podría querer por más picada que estuviese con el preferido de mi corazón.

—Malo es que tú seas de naturaleza celosa y vengativa.

—Sea Vd. leal y constante y nada tendrá que temer de la mujer más vengativa y celosa nacida.

—Con las celosas no valen la lealtad ni la constancia del amante más fino. Mucho menos valen si tú das entrada a hombres con quien no debes ligarte.

—¿A quién he dado yo entrada? Vamos, explíquese.

—¿Quieres oírlo de mi boca? ¿Quién te acompañó al baile estando yo ausente? ¿Con quién bailaste? ¿En casa de quién vives ahora?

—¿Y eso es lo que Vd. llama darle entrada a los hombres?

—Por ese camino al menos se va derecho al corazón de las mujeres.

—No al mío que está forrado y claveteado en cobre. Pero si de alguno no debe Vd. abrigar recelo es del hermano de Nene. Entre nosotros no ha cabido nunca, creo yo, más que una sincera y desinteresada amistad. Nosotros nos conocemos y tratamos desde chiquitos. Hemos jugado juntos a la gallina ciega y a la lunita, hemos crecido el uno al lado del otro sin pensar en amores, al menos por mi parte. Sé que siente por mí un cariño entrañable; sé que se desvive por mí; sé que su mayor delicia es serme útil; sé que tiene orgullo en adivinar mis pensamientos; sé que si le pido un favor se aflige y se culpa a sí mismo porque no se adelantó a mi deseo; sé que no consentirá me ofendan ni las moscas; sé que es capaz de cometer cualquier locura por agradarme; sé que me cree el non plus ultra de las mujeres; sé que tiene celos de Vd. que se lo comen vivo; pero aún no me ha hecho una declaración de amor. Sabe, el pobre, porque no tiene un pelo de tonto, que yo no he de quererlo, ni casarme con él en la vida. Muchas veces lo he sorprendido mirándome cual se mira a las santas; yo he hecho como si no lo notase o entendiese y él no se ha atrevido a declararse. De aquí no ha pasado desde que nos conocemos. En su trato es una dama, muy galán y respetuoso con las mujeres, bien criado con los hombres; sólo le falta la cara blanca para ser un caballero en cualquier parte. Le hablo con esta claridad de José Dolores porque se me figura que a Vd. no le cae en gracia, qué no lo ve con buenos ojos.