—Vd. lo sabe mejor que yo, y si no lo sabe lo sabrá en breve.

—¿Estará Vd. autorizado para revelar el del Alcalde?

—No hay inconveniencia: el señor don Fernando de O'Reilly, grande de España de primera clase, Alcalde Mayor del distrito de San Francisco...

—¿A dónde llevó Vd. a la muchacha? Ella no está en la cárcel pública.

—No me es lícito revelarlo ahora. La conduje a donde se me ordenó.

—Luego Vd. la oculta con fines deshonestos.

—De mi negativa a satisfacer la curiosidad de Vd. no se desprende semejante injuriosa deducción. Lógica, lógica, señor estudiante de Filosofía.

—Importa poco que quiera Vd. echarle del reservado y del misterioso conmigo. He de averiguar la verdad, y puede que todavía les pese al autor y al instrumento de esta intriga grosera e indecente.

Dicho lo cual, partió enojadísimo camino de su casa. La familia tenía visita en la sala. Sin entrar en ella dispuso le alistaran el carruaje, mudó de traje, y cuando por señas le preguntó su madre a la reja del zaguán el motivo de aquella precipitación:

—Voy a la ópera, contestó brevemente.