—Y doscientas también, señor don Leonardito. Sabe Vd. que soy su más obediente servidor. Sentí no hallarme en la comisaría cuando Vd. estuvo al oscurecer. Había tenido que ir de carrera a la Secretaría Política. De suerte que no sé como no nos encontramos en el camino, si viene de allá. ¡Bonora! gritó; una silla para este caballero.

—Excuse los cumplimientos, dijo Leonardo con altivez. No es cosa de sentarse. Hablemos de pie con tal que sea a solas.

—¿Por qué no aquí mismo delante de Fermina? Yo no tengo secretos para ella. Somos uña y carne.

—¿Con qué autoridad prendió Vd. a Cecilia Valdés? preguntó el joven imperiosamente.

—No con la que me ha investido S. M. el Rey don Fernando VII, Q. D. G., sino con la del señor Alcalde Mayor que firmó la orden de arresto, a queja de un padre de familia.

—¿Qué Alcalde y qué padre de familia se servirá Vd. decirme?

—Ese es demasiado pan por medio, señor Gamboa, contestó el Comisario riendo. Paréceme como que está Vd. algo ofuscado... Siéntese y cálmese.

—La muchacha no ha cometido delito ninguno, así que es improcedente e ilegal su prisión, si es que todo no ha sido más que una farsa, o cosa peor, sabe Dios con qué fines.

—Nada de eso va contra mí, que he sido un mero instrumento en este asunto.

—Diga Vd. si no el nombre del querellante.