—Tenía yo en la faltriquera, con la esperanza de entregárselo algún día, el reloj que Señorita le regaló a su merced el año pasado; pero me lo quitaron al entrar en esta cárcel. Debe de estar en manos del Alcaide.
Contó Dionisio, en las menos palabras, el cómo y cuándo vino a su poder el reloj, y dijo conmovido al retirarse su joven amo:
—¿Podría decirme el niño cómo está María de Regla?
—Mamá la trajo del ingenio. Se halla ahora en la ciudad ganando jornal. ¿No la has visto?
—No, señor. Esta es la primera noticia que tengo de su venida. ¿Por qué Dios no quiso que tropezara con ella? No me vería hoy en esta cárcel. Me hubiera servido de madrina para con Señorita y estaría cocinando en casa.
Ya de noche volvió Leonardo a casa del Comisario y le sorprendió en el acto de sentarse a la mesa a cenar con su querida.
—¡Hola! ¡Tanto bueno por aquí! exclamó Cantalapiedra muy risueño, yendo al encuentro de Leonardo, con la mano abierta y tendida.
—Me alegro de encontrarle, dijo éste serio y frío, haciendo como que no había reparado en la demostración amistosa del Comisario.
—Le aguardaba, añadió Cantalapiedra disimulando la mala impresión del desaire hecho. Fermina acababa de decirme que Vd. había honrado con su presencia este humilde albergue.
—¿Puedo hablar dos palabras con Vd.?