—Sea lo que Dios y la Virgen quieran. Fío en mi inocencia. ¿Pero no cree el niño que el amo y Señorita harán algo por mí?
—¿Hacer? Nada. No lo esperes. ¡Por cierto que te has portado decentemente con tus amos! Por ellos, por la familia toda, por ti mismo, Dionisio, será mejor que te tuerzan el pescuezo en el campo de la Punta. Con eso no volverás a insultar a las niñas blancas.
—¿Yo, niño yo he insultado a alguna niña blanca o de color? No, niño Leonardito, no tengo conciencia de haber insultado a ninguna.
—¿Y aquélla que fue la causa de tu riña con el mulato a la salida del baile?
—Yo no la insulté, niño. Por los huesos de mi madre que yo no le dije una mala palabra. Le pedí un minué, me dijo que estaba cansada y luego salió a bailar con José Dolores Pimienta. Me quejé a ella del desaire, tomó él su defensa, nos trabamos de palabras y nos batimos en la calle.
—Si te dejan hablar no te ahorcan. A otra cosa. ¿Sabes si han traído aquí presa a la misma joven de tu tragedia con Pimienta?
—Estoy seguro que no está aquí. Apenas pone un preso el pie en el patio, se publica y circula su nombre a gritos.
—Dios te proteja, Dionisio.
—Niño, por caridad, una palabra más. Recuerdo que debo entregar a su merced una prenda que le pertenece.
—¿Qué prenda? Acaba pronto, prontito.