—La de esta prisión injusta. Todos los hombres estamos expuestos a un golpe de mala suerte.

—De mala suerte, no, de mala cabeza. Está visto, Dionisio, que ustedes los negros no quieren por bien sino por mal. Si mamá te hubiera despachado para el ingenio cuando hiciste aquella perrada de marras, no te verías ahora en la cárcel. ¿De qué delito te acusan?

—Todavía ignoro la causa de mi prisión, niño Leonardito.

—¿La ignoras, eh? ¿No será por la muerte de Tondá?

—Puede ser que me levanten ese falso testimonio, niño; porque quien está de mala se cae de sus pies y se mata. Hágase el cargo, niño, que yo estaba muy tranquilo, cosiendo zapatos en una zapatería de la calle de Manrique, cuando se presentó a la puerta el capitán Tondá. Desde que lo vi llegar conocí que venía a buscarme, y traté de escabullirme. Se apeó del caballo y me fui para él como si quisiera entregarme. A la puerta de la tienda había una volante parada y me escurrí por entre ella y la pared de la casa. Tondá me cayó atrás gritando:—¡Date, date! ¡Ataja! Tropezó con una piedra, cayó sobre el sable que llevaba desnudo y se hirió en la barriga. ¿Tuve la culpa de su muerte?

—¿Quién te prendió?

—El Capitán pedáneo de la Salud. Me cogió cuando yo salía para mi trabajo.

—Supongo que te dijo por qué te prendía.

—Ni palabra. Sólo me dijo que tenía orden de cogerme, vivo o muerto.

—En buena te has metido, Dionisio. Será mucho y darás gracias a Dios si de ésta escapas con el pellejo.