—Pues, su nombre legítimo no es Jaruco, es pegado; pero asina se le puso en el libro y asina se denominará mientras esté en esta Real Cárcel. Dende antier entró en gayola. ¿Lo conoce el señor?
—Me parece que sí. Llámele Vd. a la reja, si no hay inconveniente.
—No hay embarazo, porque aunque está incomunicado, ya no tenemos bartolinas para tantos presos. ¡Eh de Jaruco! gritó el llavero desde su puesto.
Y repetida la palabra por otros presos en el mismo tono de voz, se acercó Jaruco; reconociéndose sin dificultad el amo y el esclavo. Entrole a éste tan fuerte temblor convulsivo, que tuvo que agarrarse con entrambas manos a la reja.
—Sumerced me eche la bendición, balbuceó anegado en lágrimas.
—¿Por qué lloras?, le preguntó Leonardo colérico.
—Lloro, niño Leonardito, recordando el mal rato que le habré dado a la familia con mi ausencia.
—¿Con tu ausencia, perro? Con tu fuga.
—Niño, yo no me huí. Mi salida de casa la víspera de Nochebuena tuvo por objeto asistir a un baile de la gente de color allá afuera. A la vuelta para la ciudad tuve una tragedia con un mulato. Fui herido en el pecho, me recogió un conocido en la calle y me llevó al cuarto en que vivía. Mientras me curaba se pasó el tiempo. Después me sucedió esta desgracia.
—¿Qué desgracia?