Detrás de ella, mejor, en la jaula formada por las dos rejas de hierro, había de pie un hombre mal vestido y de peor catadura. A fin de obtener una respuesta categórica, se encaró con él Leonardo y le preguntó con aire y tono de autoridad:
—¿Sabe Vd. si han traído ayer presa a esta Real Cárcel a una muchacha blanca, bonita, vestida de luto...?
—No sé, contestó el hombre. Soy el segundo llavero y ayer no estaba de guardia. Vea el señor en el libro del Alcaide.
—La alcaidía está cerrada.
—Eso es que el Alcaide ha ido a manducar. Tendrá el señor que esperar hasta mañana. Porque yo sólo aguardo por el campanazo de la Fuerza para entregar la cárcel al oficial del retén y guiñarme.
—¿Quién es aquel negro que sostiene una viva conversación con otros presos en medio del patio?
—¿Cuál dice el señor? ¿El de la chupa blanca?
—Sí, ese mismo.
—A ése lo denominan Jaruco.
—¿Nombre supuesto, no?