—Del Comisario.
—¿Qué tenía que ver el Comisario con Celia?
—Vino a prenderla.
—¿A prenderla sin haber cometido delito? No puede ser... ¡Ah! Aquí ha habido un engaño, una intriga, un complot infame para arrebatarme a mi Celia. Cuéntame lo sucedido, todo.
—No me hallaba presente, repitió, pero una mujer de la casa, que vio cómo pasó la cosa, me contó que ayer por la tarde entró de repente Cantalapiedra, preguntó por Celia, y en cuanto ella salió, le dijo que estaba presa, la cogió por un brazo, y sin más se la llevó para no se sabe donde.
—Lo extraño es que Celia se dejara prender sin defenderse, sin averiguar el motivo de la prisión. ¡Ni que hubiera estado ella de acuerdo y avisada! Cosa que me resisto a creer. ¡Ay del miserable esbirro que le puso la mano encima! ¿No sabes a donde la llevaron?
—Nada hemos podido averiguar yo y José Dolores. El Comisario se llevó a Celia en una volante.
—¡Qué intriga! Tan infame como audaz. Pero averiguaré la verdad, y sea el que fuere el autor del ultraje, me la pagará con las setenas.
Sin más, partió Leonardo a la carrera en busca del comisario Cantalapiedra, quien, según hemos dicho, vivía en el recuesto de la loma del Ángel, por el lado que mira a la Muralla. No se hallaba en casa, y la querida informó al joven que era posible estuviese en el palacio de Gobierno recibiendo órdenes.
Yendo, pues, Leonardo en esa dirección, ocurriole que, si Cecilia había sido presa por mandamiento del juez, no podían haberla conducido a otro lugar que a la cárcel (situada entonces en el ángulo sudoeste del palacio de la Capitanía General) y se detuvo delante de la reja.