—¿Y yo lo sé mejor que tú? Vamos, doña Josefa o doña Nemesia, no me haga eso. Tú te burlas.
—Quien tiene la sangre como agua para chocolate no puede burlarse.
—Pues si no está aquí Celia, ¿dónde se halla? preguntó Leonardo verdaderamente alarmado.
—Le digo al caballero, repuso Nemesia enfadada, que yo no nací ayer, ni me mamo el dedo.
—Por Dios bendito, Nene, te juro que no sé de Celia desde hace cuatro días. ¿Se han peleado Vds.? ¿La ha mortificado tu hermano? ¡Ah! Dime, dime, por lo que más quieras en este mundo, ¿qué ha pasado entre Vds.? ¿Qué sabes tú?
Empezó Nemesia entonces a creer en la sinceridad de las palabras angustiosas del joven, y dijo llorando:
—No me hallaba presente, y me alegro ahora, porque no sé qué hubiera hecho yo para impedir que se llevaran a Celia.
—¡Qué se la llevaran! repitió Leonardo aterrado y colérico. ¿Quién ha podido llevársela contra su voluntad?
—Me se figura que ella del susto perdió las fuerzas.
—¡Susto! ¿Por qué? ¿De quién?