—La meto hasta el codo y nada me revela, al menos contra ti.

—Contra mí no, contra Dios y la Virgen, que miran al caballero desde el cielo.

—¿Hablas de veras? Ni que hubiera yo cometido un gran pecado sin saberlo.

—Así parece cuando acabado de hacer lo que ha hecho, se presenta el caballero en esta casa tan fresco como si no hubiera rompido un plato.

—¿Pues no voy entrando en cuidado?

—Menos lo da a entender el caballero.

—Uno de los dos ha debido perder el juicio. Acabemos de una vez: llama a Celia.

—¿Qué la llame, eh?, exclamó Nemesia con sarcástica sonrisa. ¡Qué valor tiene el caballero!

—¿Se necesita de valor acaso para rogarte que llames a tu queridísima amiga?

—Para lo que se necesita de valor, de mucho valor, es para preguntar por Celia la persona que sabe donde está ella.