—¿Estás en los momentos de la inspiración? ¿La pitonisa en el trípode? lo celebro. Sentiría interrumpirte.

—¡Yo inspirado! Puede ser: del demonio.

—No tendría nada de extraño que te inspirase la escena urbano-marina que se desplega ante este balcón. ¿Va que componías allá en la mente un artículo descriptivo? De seguro. En efecto, ¿quién que abriga un alma de poeta no se inspira a la vista de esa hilera de casas desiguales de nuestra derecha, en que sobresalen los altos balcones de la solariega del Conde de Peñalver? ¿O a la de esta alameda sin árboles que termina en el café de Paula, ahora a oscuras y desierto? ¿O a la del hospital del mismo nombre en el fondo, que parece una pirámide egipcia, desde cuya ennegrecida cima, según dijo Bonaparte, nos contemplan los siglos? ¿O del lado opuesto, la de la oscurísima masa del navío Soberano, clavado, por decirlo así, en las serenas aguas de la bahía? ¿No ves cómo se destaca del cielo, donde chispean las estrellas? ¿Quién no diría que éstas, en vez de luz derraman lágrimas por la próxima desaparición del último resto de nuestras glorias navales?

—Fernando, esa escena tan poética para ti, no tiene para mi significación ninguna. Quizás porque me la sé de memoria, o porque estoy de un humor negro.

—Para mí, chico, siempre tiene encantos la naturaleza. En presencia de ella olvido todas mis penas. Y a propósito ¿has leído en El Diario «Un rasgo de mi visita al Etna»? Arazoza estuvo el otro día en casa en solicitud de algo original... Se empeñó y le di esos borrones.

—Casi nunca veo El Diario.

—Pues búscalo y léelo. El artículo es corto. Se publicó hace tres o cuatro días. Lo escribí en Palermo. No quise ponerle mi nombre, porque dice mal de un Alcalde Mayor... Tú me entiendes. Salió con mis iniciales solamente y ¿has de creer que ya han venido a darme la enhorabuena más de veinte amigos? Sí. Pedro José Morillas me dio un abrazo y me puso el artículo por las nubes. Deseo oír tu opinión.

—Tarde será que pueda dártela, Fernando. Mi cabeza se abrasa y estoy más para pegarme un tiro, o pegárselo a alguien, que para lecturas.

—¡Hombre! Me sorprende. Te desconozco. ¿Eres tú el mismo estudiante de la clase de Filosofía en el Colegio de San Carlos, u otro en tu figura? ¿Qué ha sido de aquel buen humor y de aquella alegría pegadiza con que te ganabas el afecto de todos tus condiscípulos? Déjate de necedades y niñeces. ¿Estás enamorado? Podías dar en semejante gansada al cabo de tus veinte y más abriles y de tu experiencia...

—No es la pasión del amor la que me devora el pecho al presente. Es la cólera, es el dolor, es la desesperación que produce el primer desengaño de lo que son el mundo, los hombres y la amistad.