—Vamos. ¿A qué negarlo? Tú estás enamorado y mal correspondido. Los síntomas lodos son de amor. ¿Cuál es el origen real de tus cuitas? Confíamelas. Sabes que soy tu amigo.
—¡Mi amigo! exclamó el joven con sonrisa irónica. Creía que lo eras, pero me he desengañado que eres mi peor enemigo.
—¿Qué fecha tiene su desengaño?
—La misma del flaco servicio que me has hecho. No sé cómo su memoria no te roe las entrañas.
—¿Va que has perdido el juicio? ¡Vamos, hombre! Ya caigo. Todo tu coraje nace... ¡Ja, ja!
—No te rías, dijo serio Leonardo. No es éste paso de risa.
—¿Pues de qué es? recalcó el Alcalde. He aquí la primera vez, desde que nos conocemos, que te veo grave y... bobo.
—No llames gravedad ni bobería a lo que toca en furor.
—Déjate de niñadas a estas horas. Tu enojo principal parece que es conmigo, y si no estuvieras encalabrinado, verías que, lejos de odio, me debes gratitud.
—No faltaba otra cosa, sino que tras de haberme herido por donde más me duele, esperes mi agradecimiento. ¡Qué frescura la tuya! ¿Sabías tú que Cecilia Valdés era mi muchacha?