—¿Se le pasará, eh? Tal vez. Pero el niño no come, no duerme, sufre, padece, se aflige, llora. Temo que le cueste una enfermedad el sentimiento. Ya, como tú no lo ves, no lo oyes, no lo entiendes, hablas del modo que hablas.
—Pon tú algo de tu parte. A ti, que tienes más influencia en él que yo, a ti te corresponde consolarle y hacerle entrar por vereda. ¿Va que no le has dicho que por el próximo correo de España espero el título de Conde de Casa Gamboa, con que se ha servido agraciarme nuestro augusto soberano? ¿A que no? Puede que la noticia le alegrase.
—¡Alegrarle! ¡Qué poco conoces a tu hijo! Le di la noticia. ¿Y sabes lo que me contestó? Que la nobleza comprada con la sangre de los negros que tú y los demás españoles robaban en África para condenarlos a eterna esclavitud, no era nobleza, sino infamia, y que miraba el título como el mayor baldón...
—¡Ah! ¡El bribón, el insurgente, el desorejado! estalló don Cándido en un paroxismo de indignación. ¡Vaya si le hierve la sangre criolla en las venas! Todavía sería capaz el muy trompeta de principiar por su padre la degollina como se armara en esta Isla el desbarajuste de la Tierra Firme. Y quieren libertad ¡porque les pesa el yugo! ¡porque no pueden soportar la tiranía! Que trabajen los muy holgazanes y no tendrán tiempo ni ocasión de quejarse del mejor de los gobiernos. Yo les daría palo entre oreja y oreja como a los mulos...
—Basta de sandeces y de vituperios, le atajó doña Rosa incomodada. Tiras de los criollos como si mis hijos y yo fuéramos de tu tierra. Odias a los habaneros, ¿por qué te duele que te paguen en la misma moneda? Leonardito en parte tiene razón. Le privas de todos sus gustos y placeres... No sé cómo no se desespera. Cuenta con que él hará cuanto esté en su mano para sacar a la muchacha del encierro...
—Como tú no le des el dinero, dijo don Cándido sobresaltado, para sobornos, dudo mucho que se salga con el intento. No le des dinero, no se lo des a tontas y a locas. Mas ya que tu cariño consiste en atragantarle a regalos, hagámosle uno de tal calidad que le llene de orgullo y le haga avergonzarse de la sima de bajeza a que se proponía descender.
—¿Cuál es el regalo que esperas obre el milagro...?
—La casa de Soler que Abreu se sacó en rifa está de venta. Comprémosla, alhajémosla para Leonardo cuando se case con Isabel. La venden en 60,000 duros.
—Casi el valor de un ingenio.
—La casa vale ese dinero. Es un palacio; como no hay otro en La Habana. No debes pararte en pelillos: se trata de la salvación de tu hijo más querido. De mi cuenta corren la compra y la habilitación de la jaula, de la tuya corre la domesticación del pájaro que ha de ocuparla.