—¡Qué virtuoso! ¿No hacías tú lo mismo y aun peor cuando eras de su edad?

—Quizás hice lo mismo que él cuando mozo, peor no; al menos no me remuerde la conciencia de haber corrompido a ninguna joven honesta o de su casa.

—Haces bien: santificate. Pero me parece excusado el trabajo que te tomas... Siempre creeré que, respecto a mujeres, Leonardito a tu lado es niño de teta.

—Dejémonos de recriminaciones, Rosa, y vamos al grano, a lo que nos toca más de cerca, como padres del mozo... La cosa es muy seria, es grave... Supe... Importa un bledo el cómo, el dónde, el cuándo. Supe que hacía grandes compras de muebles y de cachivaches caseros. Ha debido gastar un dineral. ¿De dónde lo ha habido? ¿Ha contraído deudas? ¿Le ha ganado al juego? O... ¿es que tú, tan bonaza como siempre, le has facilitado los medios?

Don Cándido había dado en el hito. ¿Negaría doña Rosa el préstamo, por haberlo hecho a ocultas del marido? Equivaldría a desacreditar al hijo a los ojos del padre, siempre dispuesto a mirar sus faltas por el lado más negro. Por eso, aunque convencida y mortificada por el engaño que con ella se había practicado, prefirió declarar la verdad y cargar con la culpa de la disipación del hijo predilecto.

—¿Ves ahora, Rosa, dijo don Cándido sin acrimonia, las malas resultas del cariño ciego de ciertas madres para con sus hijos? ¿No reconoces que en algunos casos más vale pecar con ellos por duro que por blando? Leonardo te pide dinero y tú se lo prestas, porque no puedes decirle que no, y porque te figuras que si se lo niegas se muere del pesar... Y él coge el dinero, compra muebles, alquila casa... ¿Para qué diablos? Claro, clarito, para llevar a ella la querida. No se necesita gran penetración... De suerte que, si no me anticipo, ¡adiós, estudios! ¡Adiós, bachillerato! ¡Adiós, casamiento en noviembre!, como tú y yo habíamos acordado, de acuerdo con él.

—Bueno está todo cuanto dices, mas estoy esperando que digas dónde tienes oculta a la muchacha.

—En las Recogidas. Paréceme, agregó a la carrera viendo que la esposa callaba y se agitaba en el lecho; paréceme que éste ha sido el partido mejor y menos riesgoso que pudiera haberse escogido para salvar al mozo del precipicio y a la moza de su ruina...

—Sí, dijo doña Rosa; ¿te figuras que porque has metido a la muchacha en las Recogidas, ya todo quedó arreglado y concluido? Sábete que no has conseguido nada. El niño ha tomado la cosa muy a pecho. Está ciego de amor.

—¡Quiá! exclamó don Cándido en tono despreciativo. ¡Amor, amor! Ni gota. Lo que siente ese mozo es hervor de la sangre, calentura de cabeza. Nada tiene que ver en ello el corazón. Se le pasará. Pierde cuidado.