—¡No me quedaba que oír! ¿Conque para evitar que el hijo cometiera una calaverada, va el padre y da un escándalo?
—En este caso no ha habido escándalo ninguno.
—¡Cómo! ¿Se ha hecho la cosa a ocultas? Tanto peor. Véase qué interés tienes tú en ello.
—No otro, a fe mía, que el de impedir la comisión de una verdadera infamia por una persona que nos toca tan de cerca como es nuestro hijo.
—¿Qué infamia? Tú usas unas palabrotas...
—Tiempo ha que Leonardo viene persiguiendo a una chica de color...
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Lo sé por la misma razón que tú lo ignoras.
—Nada me dices con eso. Es natural que Leonardito, joven y bien parecido, persiga a las chicas, como dices tú. Lo que no parece natural es que tú, ya viejo y feo, estés tan enterado de las persecuciones mujeriles del muchacho. ¿Te da envidia? ¿Quisieras que se metiera a fraile? ¿Por qué le celas?
—Porque soy responsable de su conducta ante Dios y el mundo.