—¿Qué enredo te traes tú con una muchachuela de los arrabales?, le preguntó doña Rosa a su marido todavía en la cama.—Di, contesta, añadió codeándole por las espaldas, porque le pareció que se hacia el sueco o el dormido.

—Yo no me traigo ni me llevo enredo con nadie, Rosa, contestó don Cándido entre sueños.

—Tu sí, tú sí. Me lo han dicho, lo sé de buena tinta.

—¿Quién te ha contado ese cuento?

—No es cuento, es verdad. Tú has sacado de su casa a una muchacha hace pocos días... El autor no es del caso.

—Lo es, Rosa. Hay quien influya en ti poderosamente.

—Luego aclararemos ese punto. Nadie me quita que tú has vuelto a las andadas...

—¿Ves lo que yo decía? Ya te han preparado contra mí. Tu hijo...

—Pues échale ahora el muerto a mi hijo.

—Tu hijo, digo, continuó don Cándido sin turbarse, estaba a punto de cometer la mayor de las calaveradas que ha cometido hasta el presente. Me interpuse, porque al fin soy su padre, y evité la comisión... Tú no quieres que le toquen a él, ¿qué otro recurso me quedaba sino tocarle a ella? Hete, en resumen, el monto de mis andadas.