—Me confieso culpable de ese pecado.

—¿Pecado dices? Es más que eso. En nuestras leyes se conoce como un cuasi delito, que todavía puede que te salga a la cara. Si se han figurado que la triste huérfana no tiene quien la defienda, se engañan de medio a medio. Aquí estoy yo, que pondré el asunto en tela de juicio.

—Mal harás, Leonardo, replicó el Alcalde con calma y dignidad. Mal harás, te repito. Por lo que a mí toca, tus lanzadas no me harían daño ninguno, rebotarían en la cota de malla de mi elevada posición, de mis títulos de nobleza y de mi valimiento aquí y en la corte. Por este lado soy inmune. Pero tú, con tomar el camino que dices, (te hablo como compañero y amigo), no conseguirías otra cosa que escandalizar un poco y poner en berlina a tu padre, en cuya queja formal y escrita me apoyé para el procedimiento... arbitrario que me imputas. Tu padre, tu bueno y honrado padre, vino a mi tribunal y estableció querella en toda forma contra esa muchacha, por seductora de un menor, hijo de familia rica y decente, con sus encantos y trapacerías. En la discusión que tuvimos, se lamentó, casi con lágrimas en los ojos, de que estabas hecho un perdido, jugador, mujeriego; que no estudiabas ni podrías recibirte en abril como él y tu madre esperaban, para que tomaras la administración de los bienes el año entrante, es decir, después de casarte con la bella y virtuosa señorita de Alquízar, como estabas comprometido, todo por esa mozuela casquivana, cuyas relaciones amorosas desdoran sin duda a un joven que ha de ser Conde antes de mucho.

—¿Conque tal es el epítome de la historia que te ha contado mi padre? Escucha, o contempla ahora el reverso de la medalla. No hay tal seducción, engaño ni calabazas en este negocio. La muchacha es lindísima y me idolatra. ¿Por qué no había de corresponder a su amor? Pero resulta que desde chiquita viene papá siguiéndole los pasos, manteniéndola, vistiéndola, calzándola, celándola, rondándola, cuidándola mucho más y mejor de lo que jamás ha mantenido, vestido, calzado, rondado y cuidado a ninguna de sus hijas. ¿Para qué? Con qué fines preguntarás tú. Sólo Dios y él lo saben. No quiero pensar mal todavía; pero el hecho de secuestrarla precisamente cuando acaba de morir la abuela, única persona que podía oponer obstáculo serio a la realización de torcidos deseos, me hace sospechar que no abriga mi padre las mejores intenciones... Me tranquiliza y complace, sin embargo, que sea cual fuere la lluvia de oro que él derrame a los pies de la joven, no conseguirá más de lo que ha conseguido de ella hasta aquí: un odio acérrimo. Pero tú, mi amigo, por hacerme bien me la arrebatas y la entregas atada de pies y manos en poder de mi padre. ¿Habré yo de perdonarte esta mala partida? Jamás.

—Eres injusto, muy injusto con tu padre y conmigo. Con él, porque no accedí a sus ruegos sino cuando me convencí plenamente de que eran rectas y santas sus intenciones respecto de ti, de la familia y de la misma Valdés. Conmigo eres injusto, porque viendo que tu padre estaba resuelto a cortar de cualquier modo, costara lo que costara, tus relaciones clandestinas con la muchacha, decidí encerrarla en las Recogidas por un corto tiempo, digamos, hasta tanto que te recibes de Bachiller y te cases como Dios manda y como conviene a tu clase y al caudal de tu familia. Que después, si te parece, volverás... a los primeros amores.

Leonardo se quedó callado y pensativo, y dijo luego con tibieza:—¡Adiós, Fernando!

Este le detuvo por el brazo y repuso:—No has de irte de esa manera, cual si hubiésemos reñido. Ven a mi palco: saludarás a mi esposa y oirás a mi lado el segundo acto de la ópera. Para aliviar ciertos dolores no hay bálsamo comparable con el de una buena música.

Capítulo VII

El mayor monstruo, los celos.

Calderón