—No tengo preso a nadie. No soy carcelero; soy un mero guardián de las recogidas, por delegación del ilustrísimo señor Obispo Espada y Landa.

—Perdóneme el señor. Quise decir que si no había aquí recogida una niña blanca.

—Blanca al parecer. Sí. ¿Y qué?

—Pues el caballerito que le digo se interesa mucho por esa niña.

—¿Qué me importa a mí su interés? No vamos a comer con eso.

—Nunca debe decirse «de esta agua no beberé». Porque el caballerito que digo es riquísimo y está muy enamorado de la niña. Y el señor sabe de lo que es capaz un caballerito rico cuando está loco de amor y le impiden ver y hablar a su adorado tormento.

—Estamos, dijo el portero algo más aplacable. ¿Qué pretende el tal caballerito?

—Poca cosa. Quiere que el señor dé a la niña de su parte estas naranjas (escogiendo seis entre las más hermosas del tablero), y que le diga que él está metiendo empeño y gastando mucho dinero para sacarla cuanto antes de esta prisión.

—¡Hombre!, dijo el guardián titubeando; yo no he hecho jamás el papel de corre-ve-y dile.

—Vamos, señor, que no le pesará. Sépalo: el caballerito es muy rico, muy agradecido y está muy enamorado.