El portero asustado, tembloroso, indeciso, se estuvo largo rato parado, mirando, ya a la negra, ya a las naranjas. Al cabo preguntó con voz ronca por el temor o la vergüenza:
—¿Cómo se llama el caballerito?
—La niña sabe, replicó María de Regla, marchándose bruscamente.
Quedose el portero pensativo, como clavado a la reja de la portería. A poco le pasó el cerrojo a la puerta, le echó llave, y con tres naranjas en cada mano entrose en el amplio patio de la Casa de las Recogidas.
Hubo de todo lo que puede llenar de ilusiones a un hombre enamorado, y de esperanza a una mujer afligida, en la breve entrevista que tuvo el portero con Cecilia. Hubo aquello de:—Vd. es mi salvador. ¿Qué ángel le trajo a esta pobre mujer perseguida? Soy inocente. Mi único delito es amar mucho a un joven que se muere por mí. Aquí me ha puesto el padre del caballerito de quien Vd. me habla. Toda su rabia contra mí es porque no lo quiero a él y quiero a su hijo. Tenga Vd. piedad de una mujer injustamente perseguida.
Salió de allí el portero otro hombre.—¿A quién se le ocurre traer aquí una muchacha como ésta?—se preguntaba a sí mismo. Al demonio, solamente al espíritu maligno para tentar y sacar de sus casillas a la gente pacífica. Aquí quisiera ver a los varones fuertes, a los mismos santos. ¿Resistirían? Se ablandarían, se derretirían, se entregarían de patas en las garras de Satanás. ¿Habrá quien tenga valor para verla llorar, para oírla quejarse y suplicar y no tomar su parte? Hará de mí lo que se le antoje. Es claro. Y quedaré mal con el señor Obispo, mi protector, caeré de su gracia, perderé el puesto que ocupo en esta casa. Mas, ¿qué remedio? Ella es muy linda, llora, y yo no soy de palo. ¡Maldita frutera!
Dos o tres días después volvió ésta, y el portero de las Recogidas no la recibió mal. Traía nueva pretensión: la de hablar a solas con la presa en la prisión. Estaban prohibidas las visitas dentro de la casa; sólo podía hablarse con las recogidas en presencia del guardián, a la reja de la portería. Pero María de Regla arguyó el punto con habilidad diciendo, entre otras cosas, que no era de esperarse, el portero ayudara a matar de tristeza a una niña inocente, y se hiciera cómplice de la mayor de las injusticias que se habían cometido hasta entonces en La Habana. Que el caballerito, amante de la niña, ya tenía muy adelantadas las diligencias para sacarla del encierro, y, por supuesto, excluiría de su gratitud a todos los que habían oprimido a su adorado tormento. Enseguida añadió, cual si de pronto recordara:
—El caballerito me dio para el señor esta media docena de onzas de oro, por si la niña necesitaba algo de comer, o de vestir, o cualquier antojo...
Este último argumento acabó por dar al traste con el resto de virtud o empacho del portero. Concedió la entrada. En pocas palabras describiremos ahora la escena que se siguió a la entrevista de la mensajera con la presa.
María de Regla encontró a Cecilia en la misma posición en que dijimos la había sorprendido el guardián días antes; sólo que esta vez no la cubría el cabello aquella parte de la espalda que daba a la entrada de la celda. Algo echó de ver ahí la antigua enfermera, que le llamó grandemente la atención.