—¡Jesús! dijo. ¿Qué veo? ¿Será posible que esta niña sea la misma que yo sospechaba? ¡Qué cosas pasan en este mundo!
A aquella voz y aquellas incoherentes exclamaciones, levantó Cecilia la cabeza y preguntó en tono desmayado y doliente:
—¿Qué quiere usted?
—Quiero que me diga su merced su nombre de pila.
—Cecilia Valdés.
—¡Jesús! volvió a exclamar la negra. ¡La propia que yo me imaginaba! Parece un sueño. ¿Sabe su merced quién le pintó esa media luna?
—¿Qué media luna?
—La que su merced lleva en este hombro (tocando con el índice el izquierdo de la muchacha).
—Esta no es pintura, es un lunar, mejor dicho, una marca que me ha quedado ahí de resultas de un golpe recibido en mi niñez.
—No, si su merced es de verdad verdad la Cecilia Valdés que yo conozco, ése no es lunar, ni marca de golpe: es la media luna que la abuela de su merced le pintó con aguja y añil antes de echarla en la Real Casa Cuna.