—¡Oh! Mamita nunca me habló de semejante cosa.
—Yo lo sé porque ésa fue la señal que me dieron para reconocerla entre las demás niñas de la Real Cuna.
—¿Quién es Vd. que sabe tanto de mí?
—¿Es posible que su merced no me conozca todavía? Debía acordarse de mí.
—No, por cierto.
—Pues yo le di de mamar a su merced, primeramente en la Real Casa Cuna, y después, por cerca de un año, en casa de la abuela de su merced, cuando ella vivía en el callejón de San Juan de Dios. Su merced ya hacía peninos y hablaba champurriado, no le digo más, en los días en que me la quitaron de los brazos. ¡Ay! No sabe su merced las lágrimas y pesares que me ha costado su crianza; no sólo a mí, también a mi marido. Sí, su merced ha sido la causa primera y principal de nuestras desgracias.
—¿Qué les ha pasado a Vds.?
—A mí me desterraron de La Habana habrá doce años, y mi marido está preso en la cárcel. Le achacan la muerte del Capitán Tondá.
—¡Conque eso es así como Vd. dice! ¡Conque yo soy la mujer más infeliz que pisa la tierra! ¡Ay de mí, que sin haberle hecho mal a nadie todos me caen encima!
—No llore, ni se lamente, niña. Aunque causante de nuestras desgracias, su merced es inocente, no tiene culpa ninguna.