—¿Cómo no he de llorar y lamentarme, si tras de verme perseguida injustamente, hecha la piedra de escándalo de las mujeres de esta casa, que me atosigan con sus preguntas y majaderías, por remate de cuenta viene Vd., que dice me crió, y me echa en cara las desgracias de Vd. y de su marido? ¿Cabe mayor infelicidad que la mía?
—Cuando yo le relate mi historia, tejida con la de su merced, se convencerá de que tengo mucha razón.
—Pero ¿quién es Vd.?
—Mi nombre es María de Regla, humilde criada de su merced y esclava del niño Leonardo Gamboa.
—¡Ah! exclamó Cecilia poniéndose en pie y abrazando a su interlocutora.
—¡Oiga! dijo ésta con sentimiento. La niña me reconoce y abraza como esclava del niño Leonardo, no como la madre de leche que soy de su merced.
—No, la abrazo por ambos motivos, sobre todo porque su venida es nuncio de salvación para mí.
La negra se cruzó de brazos y se puso a contemplar a Cecilia faz a faz. De tiempo en tiempo murmuraba en tono bajo: ¡Vea Vd.! ¡La misma frente! ¡La misma nariz! ¡La misma boca! ¡Los mismos ojos! ¡Hasta el hoyito en la barba! ¡Sí, su pelo, su cuerpo, su aire, su propio ángel! ¡Qué! ¡Su vivo retrato!
—¿De quién? preguntó Cecilia.
—De mi niña Adela.